Se pasaban los vasos de plástico generosos de cerveza, los "jelly shots", los cigarros. Era una noche grande, una noche pequeña pero sin límites, una noche sin muchos adjetivos, una noche llena de sonidos y voces. Ella se entregaba a todo aquello en esa pequeña facultad que se veía renacer en ese interludio de viernes por la noche. Tampoco era tan tarde, posiblemente el carrete se iba a la casa de cualquiera de los asistentes. Ella había bailado con varios tipos y hablado de muchas cosas, más de lo que hubiese querido. Hablaba de Simón de tanto en tanto, cosas increíblemente íntimas. Y no le interesaba realmente si la escuchaban o no. Hablar de él generaba una barrera que anulaba segundas intenciones de cualquiera. Y mientras la música sonaba fuerte y las risotadas aumentaban, ella sentía más ganas precisamente de perderse en todo ese movimiento, y que todo acabara ahí: que acabara ella misma y su cuerpo y el recuerdo de Simón y los ensayos pendientes, y la cantidad de libros sin leer.
Sintió la urgencia de ir al baño. Mareada, logró llegar a tropezones. Tenía ganas de vomitar, pero no lo consiguió. Se quedó por varios minutos ahí, de rodillas frente a la taza de baño abierta. Estaba sola en el silencio sepulcral blanco, con el sonido de sus arcadas resonando contra las paredes. Pero no pudo vomitar. Fue a lavarse la cara, mientras que pensaba que quizás ya era la hora de irse. Simón, dibujado en el espejo, con una expresión inmutable y sombría, observaba como siempre.Un tipo la esperaba afuera del baño. Quizás lo había besado con anterioridad en algún baile, no se acordaba. El tipo le ofreció llevarla en su auto a la casa de ella. Al final se fueron a la de él. Y tuvieron una intentona de sexo casual quizás debido a la borrachera, quizás debido a un poco de soledad disfrazada. Ella pensó en Simón justo en el momento en que ambos decidían deponer el intento de sexo o como quiera que se llamara ese momento intenso, casi salvaje. Y en su mente viajó a ese momento en que, tirados en una cama como esa, o no tanto como esa, quizás más chica y desordenada, hicieran el amor con ojos muy abiertos, con los ojos del deseo profundo que levitan durante años en nuestros labios. Y que se liberaron esa noche.
O tal vez no. Pero sí fue importante. Grande. A las seis de la mañana salió de esa casa con el cuerpo tullido y sin que nadie la viera. Trató de orientarse y buscar un paradero. Una intensa bruma cubría todas las formas, todas las formas de tratar de volver a casa. No le importó perderse un poco. Mientras pensaba en esa noche, y en las otras noches en que había estado con Simón. Prefirió perderse para seguir pensando, en medio de la bruma, en Simón. Quiso correr, quiso buscarlo de repente, lo llamó, lo llamó consciente de que no aparecería en esa mañana de niebla, porque el fantasma solo pertenecía a esa universidad, universidad de mierda. Fantasma de mierda. Presencia eterna. A veces pensaba que eso era precisamente lo único que la mantenía en pie, esa imagen siempre estable.
Por qué tenías que irte así. Por qué me dejaste de querer, así nada más. Como si te hubieras aburrido de un libro,lo dejaste ahí tirado, como cualquier huevada. Como un mal libro. Eso fue, como un libro penca. Malo. Ni siquiera quisiste saber el final, ni siquiera nada. Nada. Por qué lo dejaste sin terminar. Yo tampoco ahora puedo leerlo, no me atrevo. Quiero, pero no puedo. Pero no lo voy a tirar, no, eso no. Se quedará en esa página que lo dejaste. No sé hacer otra cosa. No sé. Por qué me dejaste de querer. Por. Qué. Un libro malo, eso soy. Malo. Una mujer incompleta. No sé. Ya no sé nada. No quiero saber. NO QUIERO SABER.
Y fue su último carrete universitario.