La nostalgia
que se anega por las alcantarillas.
Los cuentos
y las sopaipillas
y las tardes
de domingo mirando nada más
que ciervos
y cometas y los camiones guerrilleros
dispuestos a
un nuevo
imperio
falso.
Los de
corazón pequeño cantarán a sus
pequeños
dioses.
Los de
corazón grande callarán
a sus
grandes próceres,
creando sus
propias efemérides
para
celebrar con el barrio vecino,
viejos y
chicos y los que adolescen
de garras y
pertrechos para
supervivir.
La nostalgia
se cuela por entre las rendijas
del aire
acondicionado.
¿Condición a
qué? A una calma apariencia,
aparece y
muere ante un parecer extinto.
Miro y busco
mi propio oxígeno a mi alrededor,
lleva mi
nombre, y son de esos átomos en juego
con mi color
de ojos.
Por allá
debe andar, flotando por el territorio
enemigo,
clandestino.
Los que
tienen más oxígeno empachan sus intestinos y se glorían de sus cuerpos
rosados,
brillantes, ávidos de espacio.
Y los que
carecen, los eternos del ciclo de carencias,
harán lo
mejor que les permitan sus huesos aformes,
sus cuencas
hundidas, su espléndido
respirar en
ondas cortas.
Cada uno se
agrupará en torno a sus templos,
cada uno le
rezará a sus muertos,
algunas
lágrimas irán a dar al templo irrespecto,
mientras la
nostalgia cuidará que cada uno
aloje bajo
sus pies la sombra
de ese mundo
que se sueña
de ese mundo
que se contrae
para
explotar con otra ilusión
en la
sumatoria de nostalgias.