Wednesday, May 21, 2014

Silencio (intento romántico)

Un paso hacia lo esencial. Un paso. Y es tan fácil como dejarse ir en un pequeño vuelo de segundos. Debe ser solamente un par de segundos, no creo que sea tanto. El espacio de la libertad, un paso. Sentir el espíritu pleno por fin. Es un instante. El deleite de los gritos: todos se harán reales junto a mí, todos sopesarán también la delgada línea entre la vida y la muerte. Todos aprenderán conmigo que la vida es un intermedio que aguarda al asilo en el claroscuro de la eternidad. Nadie lo entenderá al comienzo, dirán imbécil, egoísta, enfermo. Incluso pobrecito. Pobrecito. Pobres ellos, seres inanimados, que se conforman con las migajas de una vida confortable, unos billetes en el bolsillo, una tarde de viernes bebiendo cerveza, una pareja soñolienta esperándolos en la cama para tener sexo de manera pegajosa, insípida, un simple intercambio de fluidos, una reiteración de una rutina que los mantiene sedados hasta el otro día en su patetismo que no ven. Que no verán.
Y aquí yo, el ángel hacia lo eterno, el héroe que escapa al juego de sombras, en busca de la verdad, cansado de la linealidad, de las viejas gordas del metro apretándome hasta morir, de los flaites y su música de mierda en la micro ensuciando momentos perfectos de meditación. Cansado de estos borregos desalmados incapaces de inflamar a sus corazones la más mínima llama de pasión por la vida. La vida es una weá. Debe haber algo mejor que esto. Debe haber algo mejor que esto. Debe haber algo mejor que toda esta manga de acéfalos mirándome como enfermo, con sus porquerías de audífonos descomunales en sus cabezas de aire, con sus aparatos en sus manos celebrando el poder de una comunicación inexistente con gente invisible. ¡Mediocres! Lo esencial es esto, un paso. Un salto. Un vuelo. Un salto. Un vuelo.




- Sigma, estación Universidad Católica.
Todos se congelaron. Empezaron los murmullos, y puse atención: al parecer un joven de 20 a 25 años, vestido de negro, con una polera de Joy Division, se había tirado a las líneas del metro en cuestión de segundos. Por eso estábamos detenidos hacía rato, por eso había mujeres en la boletería gritando horrorizadas. La noche se hizo súbitamente más sombría, más densa, y la imaginación corrió rápido pensando en las últimas sensaciones del suicida. Y la muerte, tan cerca. Intenté olvidar el episodio escuchando alguna canción que me hiciera sentir mejor, pero solo encontré “Atmosphere” de Joy Division. Fue un pequeño homenaje, al final.



All Tomorrow's Parties (intento modernista)

La noche es la estación del día más cruel. Las luces de la bola de cristal al medio de la pista son la estrella enfermiza que vomita sus últimos destellos antes de explotar en la inmensidad de un sueño que devora cada sensación a su paso y magnifica cada intento de movimiento. 
En la fiesta, la seductora de soledades sale a contar baladas que se traducen en pasos de baile tornasoles, cataclísmicos. Y al tronar de otra canción de Saturno, la chica de las orquídeas danzará entre quienes las tormentas se les han subido a la cabeza cortesía de Baco, el que, instalado al borde de la barra, brinda por las noches, los días, las semanas, los meses y los años.
Y truenan las canciones, truenan los compases grandilocuentes de la música electroclash. El neón desintegra a los bailarines menos avezados, los que entre espasmos y dermis viscosa van a dar al río de la ciudad que guarda los restos del pasado más oscuro pero más amado de la ciudad. En aquel pasado yace el pueblo olvidado que alguna vez cantó la hazaña de un gran superhéroe, que hoy se refugia en locales de baile de viejas villas de campesinos, herreros, abadías pobres y floristas de anémonas carnívoras.
Pero esto es una fiesta, una singular ceremonia en torno a la nada que circunda los cuadros antiguos de santos en las catedrales altas de la ciudad. Y esa fiesta hipócrita calmará a ratos los cielos y la olimpiada eterna de los muertos bajo la alfombra.
El beat  transforma a la chica de las orquídeas en la perfecta Medusa, mientras la llegada lenta del alba inversa recorre a los peregrinos con una especie de escalofrío de la médula que resulta fatal. Todos huyen de Medusa, y ella danzará sola con la vista en las luces hasta hacerlas fuego. Todos los hombres han huido a los montes y a las cavernas en ese momento, como el viejo adagio guardado en las más altas sabidurías mesopotámicas que reza así:
 soldado que arranca sirve para otra batalla

y entonces ya nada es lo mismo. La ciudad baldía dormita bajo una densa capa de fumarolas radiactivas, glitter  y rocío matinal. La chica de las orquídeas seguirá bailando sola por un rato más, sus tacones marcados en el piso como la escritura cuneiforme de un mensaje encriptado que describe la noche como la estación del día más cruel para realizar una fiesta en donde básicamente no pasa nada. O pasa todo. O todo confluye en la espiral misma de un caos que se adivina en la punta de los cabellos esperando la fiesta de mañana. 




Urgente



Siento urgencias
de saber cuándo volverá la poesía.
Siento la vida venidera que se clava
entre los dedos,
sin poder descifrar lo que declara
lo que se aclara, lo que declara, 
lo que somete al arbitrio
de un verso de antojos
y glorias.

Cuando se despejen las costillas,
de los restos nacerá
la suerte de los pueblos
bajo la pluma del gran poeta.

El griterío que recibe al ganador,
el griterío que clama justicia.
Ambos mundos en un frasco bajo la almohada.
¿Qué hago?
Pregunto a los pocos sonidos que vagan en la noche,
perdidos en sordina en las pocas calles
que van quedando.

¿Qué se hace con las voces atrapadas
entre las amígdalas,
haces de luz entrampados
en la carne temporal?

Y la urgencia de que la poesía vuelva
se extiende 
a la cercanía del invierno,
a la proximidad de bailes 
en la ciudad vecina.
Sentir que vienen,
sentir que vienen
y necesitar sentirlos
más en las venas
más adentro de las venas.

Para eso, escribir un verso o dos
antes de que todo se muera.