Un
paso hacia lo esencial. Un paso. Y es tan fácil como dejarse ir en un pequeño
vuelo de segundos. Debe ser solamente un par de segundos, no creo que sea
tanto. El espacio de la libertad, un paso. Sentir el espíritu pleno por fin. Es
un instante. El deleite de los gritos: todos se harán reales junto a mí, todos
sopesarán también la delgada línea entre la vida y la muerte. Todos aprenderán
conmigo que la vida es un intermedio que aguarda al asilo en el claroscuro de
la eternidad. Nadie lo entenderá al comienzo, dirán imbécil, egoísta, enfermo.
Incluso pobrecito. Pobrecito. Pobres ellos, seres inanimados, que se conforman
con las migajas de una vida confortable, unos billetes en el bolsillo, una
tarde de viernes bebiendo cerveza, una pareja soñolienta esperándolos en la
cama para tener sexo de manera pegajosa, insípida, un simple intercambio de
fluidos, una reiteración de una rutina que los mantiene sedados hasta el otro
día en su patetismo que no ven. Que no verán.
Y
aquí yo, el ángel hacia lo eterno, el héroe que escapa al juego de sombras, en
busca de la verdad, cansado de la linealidad, de las viejas gordas del metro
apretándome hasta morir, de los flaites y su música de mierda en la micro
ensuciando momentos perfectos de meditación. Cansado de estos borregos
desalmados incapaces de inflamar a sus corazones la más mínima llama de pasión
por la vida. La vida es una weá. Debe haber algo mejor que esto. Debe haber
algo mejor que esto. Debe haber algo mejor que toda esta manga de acéfalos
mirándome como enfermo, con sus porquerías de audífonos descomunales en sus
cabezas de aire, con sus aparatos en sus manos celebrando el poder de una
comunicación inexistente con gente invisible. ¡Mediocres! Lo esencial es esto,
un paso. Un salto. Un vuelo. Un salto. Un vuelo.
…
-
Sigma, estación Universidad Católica.
Todos
se congelaron. Empezaron los murmullos, y puse atención: al parecer un joven de
20 a 25 años, vestido de negro, con una polera de Joy Division, se había tirado
a las líneas del metro en cuestión de segundos. Por eso estábamos detenidos
hacía rato, por eso había mujeres en la boletería gritando horrorizadas. La noche
se hizo súbitamente más sombría, más densa, y la imaginación corrió rápido
pensando en las últimas sensaciones del suicida. Y la muerte, tan cerca.
Intenté olvidar el episodio escuchando alguna canción que me hiciera sentir
mejor, pero solo encontré “Atmosphere” de Joy Division. Fue un pequeño
homenaje, al final.
