Monday, July 29, 2013

Los Fantasmas de Simón II

Haré las mismas cosas que hace todo el mundo. Todo el mundo pasa por altibajos, y finalmente las fases de la vida sirven para que una crezca, para que una se desarrolle como persona, para que en el futuro llegue todo lo indicado para una: el trabajo indicado para una, el libro indicado para una, la casa indicada, el hombre indicado.

Otro libro leído por obligación. Eran pocos los que le gustaban de verdad. Quizás le gustó Dickens. No quiso saber nada de Henry James. Peleó con Woolf y Joyce en silencio y en voz alta, y jamás tocó a Austen. Y a pesar de ver a todos sus compañeros de clases absolutamente compenetrados en la lectura y discusión de las grandes obras clásicas de la literatura inglesa, ella permanecía como un ente sin mucha opinión al respecto, insegura, cuyos pensamientos eran indignos de posarse en los oídos de personas que lo habían leído todo, lo habían escuchado todo, y casi lo sabían todo. Porque no sabían lo que ella descubría a diario: que el ejercicio de ser literato era una absoluta pérdida de tiempo muchas veces. Y esa tesis se acrecentaba en su cabeza como una bestia alienígena que cantaba una canción en tonos graves, más graves, más graves.


Aunque la vida es corta, se decía. Había que gastar más tiempo yendo a la cafetería a conversar acerca de la gente de la universidad. En qué se gastarían las millonadas de plata de sus familias. Pensar en que si alguien tiene cubiertas todas las necesidades, entonces se crea necesidades de a poco. Como la necesidad de ir a esquiar todos los inviernos a Farellones o el sitio que fuera que estuviera de moda. O comer sushi costoso, o ir a lugares costosos como la Sala Murano al carrete de fin de semana o beberse todos - absolutamente todos - los tragos caros de una. Cualquier cosa al final era buena.


Excepto aquel comentario. 


- Vi al Simón el otro día. Se cambió a Agronomía. Le está yendo bien, onda buenas notas, y hasta se ve más mino que antes. 


Ella piensa que ha sido un invierno terrible dentro de su cabeza como para que el fantasma aparezca de nuevo como siempre lo hace. O es la única estación que su mente conoce bien. Bebe de su café de nuevo, intenta mirar por la ventana; él está de pie apoyado en esa banca con su chaqueta de siempre, la negra que lo hace ver mayor pero anodino, y mira en esta dirección, esperando su respuesta. Es una mirada que inquiere, que pide cuentas sobre cada gesto y cada pensamiento. Ella retiene su respiración, suspira disimuladamente, mira a Susana con normalidad, le dice qué bien, me alegro que esté bien, voy a ir a sacar ahora unas fotocopias que se me olvidaron, nos vemos mañana.


Nos vemos mañana, nos vemos ayer, nos vemos en cualquier otro momento pasado. 


Allí está Simón otra tarde más. Y así normalmente es esa rutina, y ella lo sabe bien: en algún momento aparece el fantasma y comienza a hacer el mismo recorrido que ella, quizás un metro más atrás, quizás se adelante un poco. En ese momento la ha acompañado a la fotocopiadora. Mientras ella saca el único billete que le queda de la semana, él la observa de cerca, cada movimiento. A ella le tiemblan las manos, se siente observada. El billete se le cae, un tipo la mira recogerlo rápidamente, se le cae la mochila de repente, y siente que todos la observan. Incluso él, por supuesto, si no ha despegado la vista de su cuerpo. Pide las fotocopias, espera un momento, paga, le dan el vuelto, y Simón observa toda la operación. Se guarda doscientos pesos, que flotan en su bolsillo vacío. Y en un segundo, un segundo de descuido, un segundo de desconcentración pasa cerca de Simón. Siente su olor. Lo siente, palpable, ese perfume que lo identificaba, de modo que tambalea de un lado para otro mientras se aleja del grupo de estudiantes esperando en la fotocopiadora. Turbada, solo mira hacia atrás unos segundos. Simón ya no está. Pero persiste en sus fosas nasales ese aroma. Y sigue ese aroma mientras se pierde en el mar de estudiantes que a esa hora es la estación de metro. Como anónima, mira desde arriba la ciudad mientras el tren viaja a gran velocidad, llenándose de diversos rostros cansados, los de todos los días, con sus propias preocupaciones, discusiones internas, y fantasmas. //


Sunday, July 28, 2013

Los Fantasmas de Simón I

Al principio de ese libro o al final de ese libro. Daba igual; quizás en alguna parte de ese grueso tomo encontrará alguna cita que la ayudara a ordenar sus pensamientos. Solo una línea, egoísta o críptica. Aunque de repente piensa: me tragaría cualquier frase en este momento, cualquier cosa podría influenciar mi actuar en este momento, cuando me vuelvo algo así como una esponja increíblemente ciega. Su hambre de lectura en este momento no es lo que ella consideraría el sano ejercicio de conocer más, sino que solo es uno de aquellos impulsos de ser llevada a la biblioteca solo para escapar en un trozo de tiempo libre de los deberes impuestos tanto de manera externa como interna. O para disfrutar del sol de primavera y verse al mismo tiempo interesante en el patio de esa facultad que gusta tanto de los juegos de apariencias.

A ella le inquietan una serie de cosas en ese crucial momento de la existencia. No solo combate con unas intensas ganas de echarse a dormir un sueño profundo, y no solo combate con las infinitas ganas de comprarse el chocolate más grande que encuentre. También lucha a conciencia con los fantasmas de Simón. En este momento, si alguien tomara una foto, y si alguien realmente gustara de esas exóticas investigaciones en que figuras espectrales aparecen en las fotografías, bueno, entonces vería que al lado de ella, bajo ese árbol juvenil de la facultad, habría indefectiblemente la figura de un hombre. Del hombre solo se vería la silueta, pero ella vería más, y empezaría a contar con detalles incluso malsanos las cualidades de este Simón.

Te diría: Simón. Sí es Simón. Simón es alto, delgado, tiene dos lunares en el cuello, tiene la cara alargada quizás algo asimétrica a veces, tiene unos ojos que juegan con una aparente vacuidad, y así es él, te diría ella: siempre parece vacío. Lo parece, pero no, porque es como adentrarse en el mar de a poco, en esos días que se sabe de tormenta, pero ir igual y adentrarse, adentro, adentro. Y descubrir una calma escondida, pero siempre expectante a la próxima tormenta. Quizás sus orejas son algo grandes, pero eso no le quita atractivo. Es su opinión, te diría ella. Nunca se ha visto con barba, sus brazos son más bien cortos, su cuerpo tiene una estructura que puede ser fácilmente alineada con la del hombre promedio. No tiene la risa a flor de piel, no sonríe fácil, pero es sarcástico. Muy inteligente y consciente de ello. Protector. Gusta del cine de Lynch y del terror japonés. No es detallista, pero sabe sorprender en los momentos precisos. Buena memoria. Besos extraños, quizás a veces demasiado húmedos. Manos grandes. Alma grande. Quizás confusa, inquietante, impenetrable.


En esa foto siempre estaría Simón. Siempre en esa facultad, espiándola, Simón. Por eso, esa tarde siente a Simón dormitando a su lado, mientras ella abre ese libro, hace como que lee sin tener las ganas, busca la frase adecuada para el momento, quizás algo relacionado con el olvido, con la paz interna utópica que todos buscan, con el sentido realmente útil y necesario de la procastinación, con el fin de los fantasmas. Pero no encuentra ninguna.//


Tres Avemarías

La historia de una profe empezando a enseñar, el traslado desde los suburbios hacia las alturas de una metrópolis siútica, y el mundo, hostil y cambiante y perverso y hermoso, de un colegio, y todo en tres actos. Tres gritos, tres suspiros, tres risas, tres estados de ánimo diferentes.




Primer avemaría.

Como la puerta se abre sola
me empujo a salir a un lado
demasiado despierta como para decir
sagrada mi vida, sagrado mi cuerpo.
Espero la mano abierta,
la ciudad rota entre mis labios,
un nuevo juego de palabras
entresílabas y tremendistas.
Un suspiro, una gota de silencio
entredurmiendo,
entredespierto,
entreteniendo
un cuerpo estático tras otro.
Entre tantas suertes me despojo
de demasiado pensamiento:
más vale resonar que resguardar,
presionar y vigilar
como sale el sol de a poquito,
tímido,
de a poquito,
canto,
avemaría,
salgo,
avemaría,
encuentro
una que otra cosa saltarina
como para conservar la gracia
y verme en la templanza
segundo a segunda.

Segundo avemaría.

Retoman la avenida
los bólidos alados.
Si el tiempo me condena hoy,
¿retirará mi cuerpo algún hombre
para llevarlo a algún rincón de sol?
Solamente el tornasol
me permite pensar más allá
de mi cuerpo.
La escalada, la playa sorda,
¿quién dijo que era cándido
el reemplazo notable de mentes
en un mar de segundos?
Avemaría, avemaría,
se abre el telón,
me esperan los muros insondables
de lenguajes entrometidos,
sembrando ideas en mundos
que ni siquiera alumbran
una gota de sombra.

Good morning, saquen su libro,
página 20 del año 2067,
hay una pequeña invasión
de hombres de lata
y vísceras podridas,
let's talk in English about that.
Y de lo humano y lo divino,
remecemos la lengua y los sentidos,
y los que estaban en ese otro mundo,
parece que regresan,
parece que se retoman,
vuelven a sus cuerpos,
se redimen, escriben,
levantan la mano.
Good, good. God.
Hombrecitos y mujercitas en rebelión,
¿qué haría Mistral en mi lugar?
Quién sabe cuántas penas han pasado
por esas palabras,
qué pasa en casa,
que ni un abrazo ni un beso los colma,
quieren el mundo,
quieren meter el mundo en mi sala.
Por ellos,
un avemaría,
otro avemaría,
como canción de cuna,
otro avemaría.


 Tercer Avemaría.

Entretanto el día me llena de
papeles, gestos,
y en un pequeño descuido
tengo el cosmos en mis pañuelos,
el cielo entre mis cuadernos.
Quien sabe de gloria entiende
la sonrisas sueltas al aire,
el cuerpo recepto a nuevas
intimidades de palabras y conceptos.
Basta comprender entonces
y hacerme lectora de almas
para que todo se ordene perfecto.
En tanto termina un juego,
se cierran libros y cuadernos,
con ligereza se abandona un cuento:
agotado el seso no queda más que
correr, comer, dormir, retirar.
Pero el retiro es una persecución:
hay un reloj cosido en mi frente
un batirse de pianos, deberes, palabras
a rellenar, complejos, preceptos,
y el día se pasa en eso:
en eso de cómo hacer una mejor clase,
en eso de cómo hacer un mundo mejor.//