La vida es una aventura deliciosa y una maldita desgracia a la vez, y ambos roles se intercambian de vez en cuando, como en una rueda de la fortuna.
Recordaba la cita, probablemente perteneciente a algún libro que Emilia le había pasado, mientras miraba lo que ocurría en la cafetería, que a esa hora estaba llena de universitarios enfrascados en animadas conversaciones o solitarios entes concentrados en lo que ocurría en las pantallas de sus celulares. Estaba nervioso: sabía que ella no había pasado por tiempos muy fáciles desde que se separaron, y la sensación de decisiones tomadas al vuelo, incorrectas, no lo dejaba tranquilo. Desde hacía un tiempo le rondaba la idea de buscarla y que volvieran a conversar, pero le detenían muchas cosas: orgullos y la sensación de que simplemente ambos no se correspondían.
Tentando entonces a la aventura, es que ahora estaba allí, esperando a Emilia, para pedirle que volvieran a ser uno.
Aunque quizás no lo diría en esos términos: pensaba tantear el terreno primero, analizar las expresiones de ella, ver si existía en ella el mismo brillo de sus ojos, la misma sonrisa nerviosa que a él le gustaba, esa sonrisa que le decía a él que había algo detrás, profundo y brillante. Esperaba ver en ella ese extrañar, ese anhelar algo nuevo juntos. Quizás esperaba muchas cosas. Pero tenía una cierta seguridad en lo que hacía, en lo que diría, y en lo que sentía en esos momentos.
Unos tipos se reían fuerte en una mesa contigua, cosa que sacó a Simón de sus cavilaciones. Faltaban cinco minutos para las cinco. Emilia ya estaría por llegar.
La vida es una aventura deliciosa y una maldita desgracia a la vez.
Una compañera de Emilia apareció de repente por la cafetería, y se acercó a él. Eran las cinco y diez minutos. Se saludaron de manera distante. Simón le preguntó si había visto a Emilia por alguna parte. Ella le dijo que la había visto irse como a las cuatro. Luego de intercambiar una que otra frase de cortesía, y de que ella se alejara, Simón terminó su café y se fue de la cafetería en dirección al metro, sintiendo una especie de peso en su espalda.//
La panacea no existe cuando se trata del viejo oficio de escribir. Una de dos: o lee o se auto-exilia al mundo de la escritura vana y celópata. Aquí hay un par de intentonas.
Monday, September 16, 2013
Los Fantasmas de Simón IV
Estaba de cabeza, semi-desnuda. Corría un viento frío en un escarpado paisaje que parecía sacado de una revista de turismo en la Patagonia. Con cada uno de sus vellos erizados de frío, solo podía pensar en cómo salir de ahí. La situación era compleja: colgaba de sus pies amarrados a una gruesa rama de un gran árbol - del que no supo precisar el nombre, nunca supo mucho de árboles - mientras que sus manos también estaban amarradas, en un gran nudo, a su espalda. No había mucho que hacer. Aunque le parecía todo tan familiar, como un lugar al que cada cierto tiempo se debe ir para no romper una suerte de rutina, de obligación menesterosa con alguien.
Ese alguien era Simón. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, y la observaba precisamente con un gesto rutinario, como el celador de turno que cuida a los prisioneros del momento. Con paciencia, pero con distancia.
Y en todo esto había una cierta rutina. Había que dejar pasar el tiempo solamente. Curiosamente, ella no sentía ningún malestar físico más que el frío que hacía endurecer sus pezones descubiertos, y en general era así, solo una silenciosa espera, algo de aburrimiento, algo de impaciencia. El tiempo siempre era el mismo, el momento del día era una escena congelada: el sol en la pausa del crepúsculo, quieto entre unas montañas desiertas y una que otra estrella asomada al azar. En algún momento, en algún momento Simón se pondría de pie, soltaría sus amarras y con mucha delicadeza la tomaría en sus brazos para bajarla, segura, al suelo. Había que aguardar a que ese momento llegara.
De pronto, Simón se puso de pie. Comenzaría el ritual, la liberación era inminente. Pero algo raro ocurría: al ponerse de pie, su cuerpo giró dándole la espalda. El cuerpo de ella tembló. Simón comenzaba a alejarse, a caminar a paso lento.
- ¡¿ A dónde vas?!
El grito de ella hizo eco en el paisaje, como una mancha en un cuadro perfecto. Simón se dio vuelta y la miró.
- Tienes que bajar por ti misma. Házlo sola. Yo me tengo que ir.
La voz de Simón era una voz plana, como una grabación sin entonaciones, sin emociones.
- ¡No se te ocurra dejarme acá! ¡No puedo bajarme sola, es imposible!
La sola respuesta de Simón fue perderse en el horizonte.
Ella comenzó a gritar para hacer que volviera. Su mente se bloqueó, mientras su cuerpo comenzaba a doblarse, a hacer cualquier tipo de movimiento brusco que pudiera quizás romper la cuerda, o desarmar los nudos que la tenían prisionera. Trataba de separar sus pies, y sentía el dolor de la cuerda apretándole los tobillos. La cuerda también hería sus muñecas. Las piernas comenzaron a doler también. Todos los dolores corporales que no había sentido antes comenzaron a invadir a ese cuerpo minúsculo y abandonado a su suerte.
A lo lejos la escena era la siguiente: un cuerpo se bamboleaba en un árbol como si se tratara de un murciélago entumecido colgando de una rama de un árbol. De repente emitía algunos gritos que hacían que las bandadas de aves diversas en los alrededores huyeran despavoridas. Era lo único que subsistía en la soledad.
...
Amaneció con un leve dolor corporal. Tenía en la mente la imagen del murciélago tambaleándose en el aire del sueño. Esa imagen la acompañó durante todo el día de deberes universitarios. Imposible de eliminar. De cuando en cuando veía en alguna esquina a Simón, pero esta vez no prestó tanta atención, absorta en cada una de las minucias del día y en la imagen del sueño.
En algún momento del día tuvo que ir a la sala de computación. En la vorágine del poco tiempo disponible que le quedaba, se sentó distraídamente en uno de los computadores para buscar el documento que debía imprimir y leer antes de las 3. Cabizbaja y acelerada, apenas notó que alguien le hablaba a su lado
- ¡Hola, Emi! Me parecía que te iba a encontrar por acá. Justo andaba por Humanidades y me imaginé que...
Fueron tres pasos. Uno, un nudo en el estómago muy fuerte, que casi hace que su cuerpo se doblara por completo de dolor. Dos, tratar de dar crédito a lo que veían sus ojos, a la persona en el contexto de una situación casual, fuera de la nube emocional en la que ella lo había situado desde ese momento en que... Tres, disimular. D-I-S-I-M-U-L-A-R.
- ¡Hola! Sorry, es que no te había cachado, ando como media volada-
- Sí, es que ya se viene el fin de semestre... ¿Cómo has estado? Hace tiempo que no te veía por la u.
- Bien... bien, ¿y tú?
- Bien, algo chato con Agronomía, porque me cambié y-
- Sí, algo me había comentado alguien por ahí.
- Ah, dale. Oye, ¿vamos a tomarnos un café? ¿Tienes clases después?
- Sí, tengo clase...
- Cuando salgas entonces. ¿A qué hora terminas?
- Eeeh, a las cinco...
- Ya, buena. Nos juntamos a las cinco entonces, acá cerca en el Hall, ¿te tinca?
- Sí... sí, súper.
- Ya. Nos vemos entonces, Emi.
- Chau.
Simón se alejó con ligereza mientras cerraba la sesión de su computador y se dirigía a la salida de la CRISOL. La gran actriz se escapaba, y volvía a ser ella misma, al sentir que se hundía en su silla mientras a su lado una chica de pelo corto y lentes oscuros ocupaba el puesto que había dejado vacante Simón. Se hundía, se hundía, mientras una sensación, unas olas de viento, aprisionaban sus músculos, uno a uno. Y luego los temblores, le temblaba demasiado el cuerpo como si le hubiera bajado la presión: sentía frío. Cerró de súbito la sesión del computador, tomó su mochila y como pudo se dirigió a la salida. En su mente se atropellaban dos ideas: huir o juntarse con Simón. Lo más improbable en la historia de su vida acababa de pasar y no sabía cómo reaccionar.
Decidió no ir a clases, sino esperar a que las horas pasaran recostada en el pasto, pensando en el sueño de aquélla noche, y en cómo liberarse de la manera menos dolorosa posible. Pero... claramente siempre habría dolor, y mucho.
Ese alguien era Simón. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, y la observaba precisamente con un gesto rutinario, como el celador de turno que cuida a los prisioneros del momento. Con paciencia, pero con distancia.
Y en todo esto había una cierta rutina. Había que dejar pasar el tiempo solamente. Curiosamente, ella no sentía ningún malestar físico más que el frío que hacía endurecer sus pezones descubiertos, y en general era así, solo una silenciosa espera, algo de aburrimiento, algo de impaciencia. El tiempo siempre era el mismo, el momento del día era una escena congelada: el sol en la pausa del crepúsculo, quieto entre unas montañas desiertas y una que otra estrella asomada al azar. En algún momento, en algún momento Simón se pondría de pie, soltaría sus amarras y con mucha delicadeza la tomaría en sus brazos para bajarla, segura, al suelo. Había que aguardar a que ese momento llegara.
De pronto, Simón se puso de pie. Comenzaría el ritual, la liberación era inminente. Pero algo raro ocurría: al ponerse de pie, su cuerpo giró dándole la espalda. El cuerpo de ella tembló. Simón comenzaba a alejarse, a caminar a paso lento.
- ¡¿ A dónde vas?!
El grito de ella hizo eco en el paisaje, como una mancha en un cuadro perfecto. Simón se dio vuelta y la miró.
- Tienes que bajar por ti misma. Házlo sola. Yo me tengo que ir.
La voz de Simón era una voz plana, como una grabación sin entonaciones, sin emociones.
- ¡No se te ocurra dejarme acá! ¡No puedo bajarme sola, es imposible!
La sola respuesta de Simón fue perderse en el horizonte.
Ella comenzó a gritar para hacer que volviera. Su mente se bloqueó, mientras su cuerpo comenzaba a doblarse, a hacer cualquier tipo de movimiento brusco que pudiera quizás romper la cuerda, o desarmar los nudos que la tenían prisionera. Trataba de separar sus pies, y sentía el dolor de la cuerda apretándole los tobillos. La cuerda también hería sus muñecas. Las piernas comenzaron a doler también. Todos los dolores corporales que no había sentido antes comenzaron a invadir a ese cuerpo minúsculo y abandonado a su suerte.
A lo lejos la escena era la siguiente: un cuerpo se bamboleaba en un árbol como si se tratara de un murciélago entumecido colgando de una rama de un árbol. De repente emitía algunos gritos que hacían que las bandadas de aves diversas en los alrededores huyeran despavoridas. Era lo único que subsistía en la soledad.
...
Amaneció con un leve dolor corporal. Tenía en la mente la imagen del murciélago tambaleándose en el aire del sueño. Esa imagen la acompañó durante todo el día de deberes universitarios. Imposible de eliminar. De cuando en cuando veía en alguna esquina a Simón, pero esta vez no prestó tanta atención, absorta en cada una de las minucias del día y en la imagen del sueño.
En algún momento del día tuvo que ir a la sala de computación. En la vorágine del poco tiempo disponible que le quedaba, se sentó distraídamente en uno de los computadores para buscar el documento que debía imprimir y leer antes de las 3. Cabizbaja y acelerada, apenas notó que alguien le hablaba a su lado
- ¡Hola, Emi! Me parecía que te iba a encontrar por acá. Justo andaba por Humanidades y me imaginé que...
Fueron tres pasos. Uno, un nudo en el estómago muy fuerte, que casi hace que su cuerpo se doblara por completo de dolor. Dos, tratar de dar crédito a lo que veían sus ojos, a la persona en el contexto de una situación casual, fuera de la nube emocional en la que ella lo había situado desde ese momento en que... Tres, disimular. D-I-S-I-M-U-L-A-R.
- ¡Hola! Sorry, es que no te había cachado, ando como media volada-
- Sí, es que ya se viene el fin de semestre... ¿Cómo has estado? Hace tiempo que no te veía por la u.
- Bien... bien, ¿y tú?
- Bien, algo chato con Agronomía, porque me cambié y-
- Sí, algo me había comentado alguien por ahí.
- Ah, dale. Oye, ¿vamos a tomarnos un café? ¿Tienes clases después?
- Sí, tengo clase...
- Cuando salgas entonces. ¿A qué hora terminas?
- Eeeh, a las cinco...
- Ya, buena. Nos juntamos a las cinco entonces, acá cerca en el Hall, ¿te tinca?
- Sí... sí, súper.
- Ya. Nos vemos entonces, Emi.
- Chau.
Simón se alejó con ligereza mientras cerraba la sesión de su computador y se dirigía a la salida de la CRISOL. La gran actriz se escapaba, y volvía a ser ella misma, al sentir que se hundía en su silla mientras a su lado una chica de pelo corto y lentes oscuros ocupaba el puesto que había dejado vacante Simón. Se hundía, se hundía, mientras una sensación, unas olas de viento, aprisionaban sus músculos, uno a uno. Y luego los temblores, le temblaba demasiado el cuerpo como si le hubiera bajado la presión: sentía frío. Cerró de súbito la sesión del computador, tomó su mochila y como pudo se dirigió a la salida. En su mente se atropellaban dos ideas: huir o juntarse con Simón. Lo más improbable en la historia de su vida acababa de pasar y no sabía cómo reaccionar.
Decidió no ir a clases, sino esperar a que las horas pasaran recostada en el pasto, pensando en el sueño de aquélla noche, y en cómo liberarse de la manera menos dolorosa posible. Pero... claramente siempre habría dolor, y mucho.
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