Despertaste y tenías 17 de nuevo. Recorriste tu cuerpo, te masturbaste pensando que ahora sí habían tanto amantes que recorrer, tantas escenas eróticas que construir, tanto tabú que desafiar. Saliste mientras te atacaban todas las sensaciones posibles, y sentiste cómo tu piel se enganchaba a cada una de ellas: el mundno te dio asco infinito, la caras de la pobreza te dieron rabia, la piel se te erizó al sentir la cercanía de cualquier cosa nueva, pero a la vez te dio paja. Seguir caminando era una paja, pensar en el futuro era una mierda en la que no querías sumergirte porque tus cabellos estaban demasiado limpios, y tu cabeza demasiado extasiada como para pensar siquiera en la posiblidad de ser algo en el futuro.
Ocupar un espacio en la maquinaria no te entusiasmaba tanto como perderte en el próximo asidero de drogas que te iba a ofrecer tu amigo que recién conociste en una fiesta.
Ese viaje sí valía la pena. Total, perderse un poco y volver a encontrarse medio perdiendo control de lo esfínteres y de la cordura visual. Total, eran los 17 de nuevo.
Pero entonces todo te quedó demasiado grande. El sexo opuesto y sus laberintos, el sexo paralelo y sus impuestos a los límites de la otra piel, el tiempo y el espacio rodeándote en un corral como si el mundo te despreciara. La música que te dice que tienes que estar deprimido todo el tiempo para ser feliz de una forma más moderna, y las campanas de la iglesia recordándote que estás iniciándote en esto de recortarte un poco los sesos y aprender a decir que sí. Que sí a todo cuando quieres decir no, y que cuando alguien te pase una pistola tú le puedas decir no, no quiero autoinmolarme, pero igual lo vas a tener que hacer y cuando la pistola esté presta a volarte los sesos, ahí ubicada besándote las sienes
vas a apretar el gatillo y
luego de morir un poco
vas a darte cuenta que volviste a tener 25, a ser adulto con una pila de papeles por resolver.
Y todo, todo apesta un poco bastante más.
La panacea no existe cuando se trata del viejo oficio de escribir. Una de dos: o lee o se auto-exilia al mundo de la escritura vana y celópata. Aquí hay un par de intentonas.
Sunday, April 26, 2015
Saturday, April 25, 2015
Primeras 200
La jaula era lo suficientemente firme y discreta. Discreción, pensó, mientras su mirada se detenía en la pelada colosal del dependiente de la caja del correo. El tipo pesó de pronto la encomienda, firme aquí, firme allá, en la radio avisaban de un programa que analizaba de las infinitas bondades de los injertos de microchips en el cerebro, habilidades sobrehumanas, eficiencia, ¿usted cree en la eficiencia? Sí, mire.
Había una foto del señor pelado como empleado del mes, y del anterior, y del anterior, y del anterior.
NO SE PUEDE VIVIR ASÍ, pensó ella.
Ya casi estamos, por el papel se asomaba un pequeño tentáculo que la hizo temblar de emoción, así son las cosas, así está la vida, pensó ella, no tendré hijos, nadie sabrá lo que pasa por mi cabeza jamás. Son tres mil ochocientos ochenta pesos, señorita. Qué chucha, desde cuándo está tan caro el correo. ¿Le puedo quedar debiendo veinte pesos? Bien, total qué es la plata, qué es la plata cuando todos volaremos en pedazos igual, algún día, el alguna vuelta solar. La canciones en la radio te lo recuerdan a cada rato.
La sonrisa cordial, la jaula en la mano. La vibración de esos tentáculos llamándola madre. El momento estaba cerca. El centro comercial ebullía de gente miserable, babeante y pegajosa, asqueada de sus propias emociones. Dejó la jaula allí. Se alejó unos pasos, en puntillas, como si alguien la fuera a pillas, en puntillas como las hermosas bailarinas de otros siglos que había admirado desde chica. El pulpo se había comido a quince personas ya, comenzaba a medir unos tres metros ya, sus tentáculos inicialmente de veinte centímetros ya eran de 5 metros. Se había metido a Falabella, había descubierto que los vendedores de multitienda eran una pieza deliciosa.
Ella miró satisfecha. El primer centro comercial destruido. Seguiría el comando central. Faltaba menos.
Había una foto del señor pelado como empleado del mes, y del anterior, y del anterior, y del anterior.
NO SE PUEDE VIVIR ASÍ, pensó ella.
Ya casi estamos, por el papel se asomaba un pequeño tentáculo que la hizo temblar de emoción, así son las cosas, así está la vida, pensó ella, no tendré hijos, nadie sabrá lo que pasa por mi cabeza jamás. Son tres mil ochocientos ochenta pesos, señorita. Qué chucha, desde cuándo está tan caro el correo. ¿Le puedo quedar debiendo veinte pesos? Bien, total qué es la plata, qué es la plata cuando todos volaremos en pedazos igual, algún día, el alguna vuelta solar. La canciones en la radio te lo recuerdan a cada rato.
La sonrisa cordial, la jaula en la mano. La vibración de esos tentáculos llamándola madre. El momento estaba cerca. El centro comercial ebullía de gente miserable, babeante y pegajosa, asqueada de sus propias emociones. Dejó la jaula allí. Se alejó unos pasos, en puntillas, como si alguien la fuera a pillas, en puntillas como las hermosas bailarinas de otros siglos que había admirado desde chica. El pulpo se había comido a quince personas ya, comenzaba a medir unos tres metros ya, sus tentáculos inicialmente de veinte centímetros ya eran de 5 metros. Se había metido a Falabella, había descubierto que los vendedores de multitienda eran una pieza deliciosa.
Ella miró satisfecha. El primer centro comercial destruido. Seguiría el comando central. Faltaba menos.
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