Despertaste y tenías 17 de nuevo. Recorriste tu cuerpo, te masturbaste pensando que ahora sí habían tanto amantes que recorrer, tantas escenas eróticas que construir, tanto tabú que desafiar. Saliste mientras te atacaban todas las sensaciones posibles, y sentiste cómo tu piel se enganchaba a cada una de ellas: el mundno te dio asco infinito, la caras de la pobreza te dieron rabia, la piel se te erizó al sentir la cercanía de cualquier cosa nueva, pero a la vez te dio paja. Seguir caminando era una paja, pensar en el futuro era una mierda en la que no querías sumergirte porque tus cabellos estaban demasiado limpios, y tu cabeza demasiado extasiada como para pensar siquiera en la posiblidad de ser algo en el futuro.
Ocupar un espacio en la maquinaria no te entusiasmaba tanto como perderte en el próximo asidero de drogas que te iba a ofrecer tu amigo que recién conociste en una fiesta.
Ese viaje sí valía la pena. Total, perderse un poco y volver a encontrarse medio perdiendo control de lo esfínteres y de la cordura visual. Total, eran los 17 de nuevo.
Pero entonces todo te quedó demasiado grande. El sexo opuesto y sus laberintos, el sexo paralelo y sus impuestos a los límites de la otra piel, el tiempo y el espacio rodeándote en un corral como si el mundo te despreciara. La música que te dice que tienes que estar deprimido todo el tiempo para ser feliz de una forma más moderna, y las campanas de la iglesia recordándote que estás iniciándote en esto de recortarte un poco los sesos y aprender a decir que sí. Que sí a todo cuando quieres decir no, y que cuando alguien te pase una pistola tú le puedas decir no, no quiero autoinmolarme, pero igual lo vas a tener que hacer y cuando la pistola esté presta a volarte los sesos, ahí ubicada besándote las sienes
vas a apretar el gatillo y
luego de morir un poco
vas a darte cuenta que volviste a tener 25, a ser adulto con una pila de papeles por resolver.
Y todo, todo apesta un poco bastante más.
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