Friday, June 6, 2014

Ejercicios subjetivos




1. PICTURE + IMAGINATION
 Sé que soy yo, a veces, cuando reconozco tus manos en ese abrazo en potencia, a veces alarmado en su propia fuerza, a veces delicado y ensimismado, pero en esos brazos soy yo, o imagino que soy yo por ese breve instante en que ellos tejen un sueño y un refugio, donde veo el camino posible de ternura y piel descubierta. Posible, entonces, porque esos brazos son mi límite, quiero extenderme en ellos, pero son mi límite. A veces sé que soy yo, porque los descubro dibujando ondas y contornos con soltura tímida, locuaz, como quien sabe el camino pero teme perderse igual. Cómo las ondas de calor se transmiten a cada uno de esos músculos, y la vibración es mi vibración, la hago mía, una música mía, ondas de movimiento, suaves, suaves, hasta calmar el frenesí, o frenetizar la calma, quizás. Y así me descubro, te descubro, y claro, cómo no imaginárselo cuando el cuerpo eléctrico canta, algo canta, algo que no es para mí. Esos brazos, esos brazos no cantan para mí.

2. JULIA TORO 
Y así comienza el mito. Un día casi por accidente dos extremidades cruzaron dos calles ralentizadas por espasmos de aire tibio, mientras ambos se preguntaban qué demonios sería eso, ese viento tibio que los agarraba son piedad en dos calles aleatorias. Alguien dijo a lo lejos que así comenzaban los mitos, a partir de algo inexplicablemente ridículo. Cuando de súbito las calles se hacen más angostas, más angostas, y esas extremidades comenzaron a jugar con las posibilidades de extensión cutánea, de ondas, movimientos, encierros, círculos y piruetas. Y así en ese momento la bondad de un lecho cualquiera los vio en sincronía, la que no quieren abandonar por nada del mundo, porque así se construyen los mitos: en base a lo imposible, a esos labios imposiblemente cerrados, porque hay pudores que son porfiados, la inmensidad de otra piel los aturde y entonces los labios se cierran un poquito, hasta que llega el abrazo y sus argumentos, ¡y todo es al unísono! Al unísono se ríen, al unísono sus extremidades coquetean con las posibilidades infinitas de formas, colores, trazos, e idiomas nuevos en las combinaciones. La piel se afirma, ha llegado el momento de acabar la segunda parte del mito.

3. A LETTER TO MYSELF
 No importa mi nombre: más importan mis intenciones. En este caso seré claro en afirmar que estas intenciones no tienen que ver con regalarle versos, ni regalarle alguna música que condimente su llana existencia, como la llama usted a veces, como tampoco regalarle algún juego de luces que adornen su feminidad a la rápida, como también le he escuchado en esas conversaciones prosaicas en ratos libres. Qué gente más extraña hay en el mundo, ¿no? Estarás pensando esto mientras sentada en algún sitio pones esa cara de atónita, confundida, arrugando los labios levemente, o visiblemente, dependerá de tu estado de ánimo, de la estación del día, o quién sabe qué, de acuerdo a lo que pase por tu cabeza. Pero lo que realmente quiero es transformarte en el eje de las primeras cosas que mencioné, ¿me explico? El eje de un verso, el eje del sonido de una palabra, la que más te guste, de una melodía, el primer acorde, ser el eje. ¿Y las luces? Que seas tú el primer impulso de esa luz que llegue a los ojos de quien decide sacarte del anonimato estelar para ponerte un nombre visible desde todos los ángulos de las galaxias, y alguna vez, solo quizás alguna vez también te pueda decir “mía” sin ánimos de posesión, sino situarme en tu mismo espacio. Alguna vez. En algún tiempo libre en que tu piel diga basta a su presión, y suprima tu voz un rato para fluir en otro tiempo bajo otra piel. Te dejo la inquietud. 

DeLorean (intento posmoderno)

Todo empezó por un número equivocado. Su chip intra-sensorial de telecomunicación bajo su epidermis sonó tres veces y las ondas infrasónicas preguntaron por alguien que no era él. Siguió durmiendo sin darle importancia al incidente, hasta que de pronto una mano apretó su brazo en un zamarreo y las guitarras sonaron, pero no eran guitarras sino un cuarteto de bombos que los esclavos albinos tocaban sin cesar mientras en la fábrica los autos DeLorean policiales salían recién hechos, recién ajustados, listos para cualquier viaje en el tiempo a pedido del chofer.
- Me sacaron un auto del garage, no sé quién fue. Investigue, averigüe.
¿Cómo cresta iba a encontrar uno de esos putos autos si viajan en el tiempo?
Aunque a veces no es necesario viajar en el tiempo, los criminales se ocultan a veces en los lugares más obvios, tal como cuando eras chico tu mamá te escondía la Nutella, pensó.
Sacó su ajada libreta de detective suburbano y se paseó por algunos callejones buscando pistas. Se paseó por los callejones de la avenida Helter Skelter que subía hacia una colina donde las casas con aspecto La Dehesa estaban siempre cerradas, pero de ellas salía el olor a fiesta, y la bajada abrupta llevaba al escondite de viejas estrellas de los comerciales, quienes descansaban al sol en viejas colchonetas donadas por la ONU. Allí se encontró con P., quien había realizado los comerciales de ralladores de papas que todas las amas de casa decían usar según las encuestas. Y además tenía fama de chismoso.
- Vi a una mujer subirse a un auto parecido a lo que me cuenta usted. Al parecer anda cerca del Ganges. A veces la hemos visto aspirando aerosoles por estos lados, buscando a alguien diferente cada vez que viene, de repente es un tal Septimus, Octavus, Novenus, qué se yo. A lo mejor anda por allá ahora.
Tomó el penúltimo autobús. El último autobús era el que llevaba las almas en pena que daban realmente pena – porque estorbaban mucho según los empresarios del rubro dogmático – para llevarlas precisamente a la última parada, el Ganges, donde eran depositadas para su posterior reciclaje en almas menos complejas, más ergonómicas y económicas, por supuesto. El penúltimo bus era tranquilo. Solo un gato viajaba con él.
- ¡Señorita Woolf! – exclamó al bajar en la parada al lado del Ganges. La vio por la ventana del DeLorean justo en el momento en que se hundían ambos en las profundidades del Ganges, no había alcanzado a llegar a tiempo. El río se los había tragado a ambos, a quien había sido una compañera sexual por un tiempo ridículamente largo en la adolescencia, y al auto que le daría una buena cena por la noche.
Se fue pensando que la pega de detective era una porquería y que a lo mejor debería dedicarse a otra cosa. En ese momento su chip intra-sensorial emitió un mensaje.

- No te preocupes, ya encontré el auto. Mi mujer lo había sacado para pasear con sus amigas. Gracias.