Friday, June 6, 2014

DeLorean (intento posmoderno)

Todo empezó por un número equivocado. Su chip intra-sensorial de telecomunicación bajo su epidermis sonó tres veces y las ondas infrasónicas preguntaron por alguien que no era él. Siguió durmiendo sin darle importancia al incidente, hasta que de pronto una mano apretó su brazo en un zamarreo y las guitarras sonaron, pero no eran guitarras sino un cuarteto de bombos que los esclavos albinos tocaban sin cesar mientras en la fábrica los autos DeLorean policiales salían recién hechos, recién ajustados, listos para cualquier viaje en el tiempo a pedido del chofer.
- Me sacaron un auto del garage, no sé quién fue. Investigue, averigüe.
¿Cómo cresta iba a encontrar uno de esos putos autos si viajan en el tiempo?
Aunque a veces no es necesario viajar en el tiempo, los criminales se ocultan a veces en los lugares más obvios, tal como cuando eras chico tu mamá te escondía la Nutella, pensó.
Sacó su ajada libreta de detective suburbano y se paseó por algunos callejones buscando pistas. Se paseó por los callejones de la avenida Helter Skelter que subía hacia una colina donde las casas con aspecto La Dehesa estaban siempre cerradas, pero de ellas salía el olor a fiesta, y la bajada abrupta llevaba al escondite de viejas estrellas de los comerciales, quienes descansaban al sol en viejas colchonetas donadas por la ONU. Allí se encontró con P., quien había realizado los comerciales de ralladores de papas que todas las amas de casa decían usar según las encuestas. Y además tenía fama de chismoso.
- Vi a una mujer subirse a un auto parecido a lo que me cuenta usted. Al parecer anda cerca del Ganges. A veces la hemos visto aspirando aerosoles por estos lados, buscando a alguien diferente cada vez que viene, de repente es un tal Septimus, Octavus, Novenus, qué se yo. A lo mejor anda por allá ahora.
Tomó el penúltimo autobús. El último autobús era el que llevaba las almas en pena que daban realmente pena – porque estorbaban mucho según los empresarios del rubro dogmático – para llevarlas precisamente a la última parada, el Ganges, donde eran depositadas para su posterior reciclaje en almas menos complejas, más ergonómicas y económicas, por supuesto. El penúltimo bus era tranquilo. Solo un gato viajaba con él.
- ¡Señorita Woolf! – exclamó al bajar en la parada al lado del Ganges. La vio por la ventana del DeLorean justo en el momento en que se hundían ambos en las profundidades del Ganges, no había alcanzado a llegar a tiempo. El río se los había tragado a ambos, a quien había sido una compañera sexual por un tiempo ridículamente largo en la adolescencia, y al auto que le daría una buena cena por la noche.
Se fue pensando que la pega de detective era una porquería y que a lo mejor debería dedicarse a otra cosa. En ese momento su chip intra-sensorial emitió un mensaje.

- No te preocupes, ya encontré el auto. Mi mujer lo había sacado para pasear con sus amigas. Gracias.


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