Todo empezó
por un número equivocado. Su chip intra-sensorial de telecomunicación bajo su
epidermis sonó tres veces y las ondas infrasónicas preguntaron por alguien que
no era él. Siguió durmiendo sin darle importancia al incidente, hasta que de
pronto una mano apretó su brazo en un zamarreo y las guitarras sonaron, pero no
eran guitarras sino un cuarteto de bombos que los esclavos albinos tocaban sin
cesar mientras en la fábrica los autos DeLorean policiales salían recién
hechos, recién ajustados, listos para cualquier viaje en el tiempo a pedido del
chofer.
- Me sacaron
un auto del garage, no sé quién fue. Investigue, averigüe.
¿Cómo cresta
iba a encontrar uno de esos putos autos si viajan en el tiempo?
Aunque a
veces no es necesario viajar en el tiempo, los criminales se ocultan a veces en
los lugares más obvios, tal como cuando eras chico tu mamá te escondía la
Nutella, pensó.
Sacó su
ajada libreta de detective suburbano y se paseó por algunos callejones buscando
pistas. Se paseó por los callejones de la avenida Helter Skelter que subía
hacia una colina donde las casas con aspecto La Dehesa estaban siempre
cerradas, pero de ellas salía el olor a fiesta, y la bajada abrupta llevaba al
escondite de viejas estrellas de los comerciales, quienes descansaban al sol en
viejas colchonetas donadas por la ONU. Allí se encontró con P., quien había
realizado los comerciales de ralladores de papas que todas las amas de casa
decían usar según las encuestas. Y además tenía fama de chismoso.
- Vi a una
mujer subirse a un auto parecido a lo que me cuenta usted. Al parecer anda
cerca del Ganges. A veces la hemos visto aspirando aerosoles por estos lados,
buscando a alguien diferente cada vez que viene, de repente es un tal Septimus,
Octavus, Novenus, qué se yo. A lo mejor anda por allá ahora.
Tomó el penúltimo
autobús. El último autobús era el que llevaba las almas en pena que daban
realmente pena – porque estorbaban mucho según los empresarios del rubro
dogmático – para llevarlas precisamente a la última parada, el Ganges, donde
eran depositadas para su posterior reciclaje en almas menos complejas, más
ergonómicas y económicas, por supuesto. El penúltimo bus era tranquilo. Solo un
gato viajaba con él.
- ¡Señorita
Woolf! – exclamó al bajar en la parada al lado del Ganges. La vio por la
ventana del DeLorean justo en el momento en que se hundían ambos en las
profundidades del Ganges, no había alcanzado a llegar a tiempo. El río se los
había tragado a ambos, a quien había sido una compañera sexual por un tiempo
ridículamente largo en la adolescencia, y al auto que le daría una buena cena
por la noche.
Se fue
pensando que la pega de detective era una porquería y que a lo mejor debería
dedicarse a otra cosa. En ese momento su chip intra-sensorial emitió un
mensaje.
- No te
preocupes, ya encontré el auto. Mi mujer lo había sacado para pasear con sus
amigas. Gracias.
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