La panacea no existe cuando se trata del viejo oficio de escribir. Una de dos: o lee o se auto-exilia al mundo de la escritura vana y celópata. Aquí hay un par de intentonas.
Monday, October 14, 2013
El Jardín
- A ella le encanta venir a ver el jardín. De hecho, señora, este es el único momento en que la veo feliz... El único.
Los ojos de aquel hombre se volvieron profundos y silentes, con ese breve destello que revela almas completamente inquietas, noches sin dormir, quizás recuerdos de llantos y sollozos. Ana María miraba con la curiosidad de una niña las azaleas, rayitos de sol, amapolas, y tantas otras especies del jardín de la señora Rocío, famosa por poseer los mejores especímenes de todo el barrio, de acuerdo a una suerte de votación popular fruto del boca-a-boca. Nadie que pasara por fuera de la casa de los Rojas podía estar ajeno al verdor y al festival de colores que en el reducido espacio confluían, ya fuesen feriantes, carteros, dueñas de casa, traficantes... En fin, toda la fauna de la modesta villa quedaba atrapada, extasiada, contemplando la primavera en todo su esplendor.
Aquella mañana mientras regaba con paciencia su jardín plagado de camelias, buganvileas, entre otras plantas, la señora Rocío había reparado en una mujer del brazo de un hombre que se había quedado detenida con los ojos estáticos sobre las flores del jardín. El hombre de súbito le preguntó a la señora Rocío si podían pasar a su casa para que su madre admirara de cerca las flores, que eso la alegraría. Sin meditar mucho el asunto, la señora Rocío partió rauda a buscar las llaves que abrirían la frágil reja de su casa para hacer pasar a los extraños - curiosamente sin reparar en el hecho de que le estaba abriendo las puertas de su palacio floral a dos simples desconocidos. Pero una suerte de corazonada usual le indicaba a la señora Rocío que este gesto era el adecuado.
La señora Rocío observó a Ana María un instante, mientras ésta se agachaba a analizar detenidamente las diminutas "campanitas" de tonos violeta pálido. La mujer lucía aparentemente bien; un grupo de arrugas alrededor de los ojos era lo único que delataba en cierto modo que la mujer tenía más edad de la que aparentaba. Aquéllo no calzaba con lo que le decía su hijo, quien le relató de manera rápida y escueta que su madre padecía una severa depresión desde que había muerto su padre. Además, sugirió que en el hogar existían serios problemas que no quiso especificar, ni tampoco la señora Rocío quiso ahondar en ellos, ya que poseía un gran y destacable sentido de la empatía,que era tan grande como su decoro. Héctor también contemplaba a su madre en ese instante. Sin embargo, y tal como puntualizó la señora Rocío, existía una cierta distancia entre madre e hijo, una barrera indescriptible, lejana a una sincera ternura entre ambos.
- ¿Y éstas flores...? Creo que las he visto en otro lado. Se llaman... ¿juncos?
La voz de Ana María rompió el silencio del jardín, y su voz sonó como un delicado eco que sacó de sus cavilaciones suavemente a la señora Rocío.
- No, ésos son jacintos. Son distintos de los otros porque...
Y se enfrascó en una pequeña disertación sobre las diferencias de crianza y mantención de las mentadas flores, disertación que Ana María seguía con toda la atención del mundo. Héctor solo esperaba, mudo, en el otro extremo de jardín. Ana María realizó un par de preguntas más, interesada solamente en los cuidados florales, y luego ambos se despidieron, prometiendo volver en alguna otra ocasión.
Para la señora Rocío, el simple hecho que sus flores tuvieran efectos terapéuticos sobre otras personas era un motivo de orgullo y alegría: no había nada más en el mundo que le gustara más que cuidar de su jardín durante los meses de otoño e invierno, comprar abonos, nuevas flores, semillas, trasladarlas y regarlas, para disfrutar de sus colores y formas durante la primavera. Comentó el asunto de Ana María a sus hijas, quienes lejos de darle la importancia que merecía tal acontecimiento, redujeron el tema a una simple anécdota de sobremesa.
Lo cierto es que Ana María y su hijo continuaron visitando el jardín de la señora Rocío por varias mañanas más. Siempre la misma expresión impasible en el rostro de Ana María, siempre las preguntas sobre las flores, siempre una sonrisa tranquila. Y siempre Héctor a su lado, aguardando pacientemente que la mujer recolectara su dosis de alegría diaria, la necesaria para mantenerse aferrada a la vida por otro día más. En la señora Rocío se anidaba algo parecido a la compasión, pero no sentía pena por la situación en la que la mujer estaba sumergida, sino que sentía la paz al saber que en ese espacio los tres seres disfrutaban de un mismo mundo: el de ese jardín y esa primavera santiaguina.
Un día dejaron de venir. A la señora Rocío le pareció un hecho casi normal: las personas van y vienen. Fue una semana completa de ausencia que sin duda rondó por la cabeza de la señora Rocío como una preocupación más arraigada dentro del conjunto de preocupaciones diarias. Otras personas se acercaban a alabar su jardín a diario, pero sentía que no era lo mismo. Con el correr de los días, sin embargo, olvidó el asunto, concentrándose en las pequeñas minucias de sus quehaceres domésticos.
Dos semanas pasaron. Una mañana volvió a ver a Héctor. La señora Rocío adivinó la noticia simplemente al ver los ojos del hombre.
- Lo siento, mi niño.
Lo hizo pasar al jardín por última vez. Héctor no derramó ninguna lágrima, sino que simplemente se dejó llevar por los colores y formas de todas las flores.
- Éstos son los jacintos.
- Sí, ésos son...
La señora Rocío dedicó un par de palabras afectuosas a Héctor, quien las recibió con el mismo gesto indescriptible de las primeras veces que lo había visto. Luego se alejó, a paso lento, contenido, por las estrechas calles de la villa. Una sensación pesada envolvió a la señora Rocío durante todo ese día. El suicidio es algo que se ve venir en las personas con depresión, no en todas, pero, ¿ella? Mientras comenzaba con el regado habitual, pensó en que sin duda muchas cosas no tenían sentido alguno, pero que así eran las cosas, qué se le iba a hacer.
El sábado de esa misma semana un nuevo jacinto lucía orgulloso en el jardín de la señora Rocío en memoria de Ana María. Fue un pequeño homenaje silencioso.//
Los Fantasmas de Simón VI
Hay que salir a bailar con los fantasmas. Hay que verlos a la luz del sol.
La mañana particularmente hermosa le devolvía las energías, mientras desde la bicicleta el mundo cobraba un movimiento algo así como alegre. Había hecho los rituales acostumbrados, había declarado una pequeña tregua en su interior y en su humor auto-sacrificial y a su indulgencia ante la melancolía auto-inducida. No podía decir que todo andaba bien, a veces se sentía sola, pero al menos las cosas cambiaban de a poco, con la lentitud pero paciencia de la venida de la primavera.
Así ocurría. Con la cabeza apoyada en la puerta del metro, mirando la ciudad desplegarse en un horizonte desproporcionado, desordenado, sucio, se sintió parte del mundo. Incluso lo repitió entre dientes: PARTE DEL MUNDO. Había algo así como una claridad dentro de ella, una claridad que no era hermosa, ni extraordinaria, pero era ella misma. Una especie de autodeterminación que se gestaba como un triunfo en terreno personal. Curioso, pensaba. Una sensación nueva, pero que siempre estaba ahí, dormitando.
La universidad se alejó de pronto, solo se podía ver la punta de la capilla en que una cruz descansaba alerta, sobresaliendo a todos los megaedificios existentes allí. Entre tanto gris, uno que otro aromo se podía ver desde esa altura, breves instantes de aromos, hasta alcanzar otra y otra estación de metro, la gente anónima subiendo y bajando en tropeles, amontonándose y jugando el juego de la resistencia que ella también jugaba.
Todos tienen sus fantasmas. Nada especial. Hay que salir a bailar con ellos de vez en cuando.
fin.
La mañana particularmente hermosa le devolvía las energías, mientras desde la bicicleta el mundo cobraba un movimiento algo así como alegre. Había hecho los rituales acostumbrados, había declarado una pequeña tregua en su interior y en su humor auto-sacrificial y a su indulgencia ante la melancolía auto-inducida. No podía decir que todo andaba bien, a veces se sentía sola, pero al menos las cosas cambiaban de a poco, con la lentitud pero paciencia de la venida de la primavera.
Así ocurría. Con la cabeza apoyada en la puerta del metro, mirando la ciudad desplegarse en un horizonte desproporcionado, desordenado, sucio, se sintió parte del mundo. Incluso lo repitió entre dientes: PARTE DEL MUNDO. Había algo así como una claridad dentro de ella, una claridad que no era hermosa, ni extraordinaria, pero era ella misma. Una especie de autodeterminación que se gestaba como un triunfo en terreno personal. Curioso, pensaba. Una sensación nueva, pero que siempre estaba ahí, dormitando.
La universidad se alejó de pronto, solo se podía ver la punta de la capilla en que una cruz descansaba alerta, sobresaliendo a todos los megaedificios existentes allí. Entre tanto gris, uno que otro aromo se podía ver desde esa altura, breves instantes de aromos, hasta alcanzar otra y otra estación de metro, la gente anónima subiendo y bajando en tropeles, amontonándose y jugando el juego de la resistencia que ella también jugaba.
Todos tienen sus fantasmas. Nada especial. Hay que salir a bailar con ellos de vez en cuando.
fin.
Pentagrama
Es el registro del movimiento,
es esa orquesta perfeccionada
hasta el hastío
lo que eriza mi piel en un segundo,
cuando se fecunda el bello intento
de lograr complejizar mi yo
con el tú,
tibio y silente espectro amante,
tierno refugio de mi canción errante.
Una cierta luz en melodía:
que ya nada separa el alma de la voz
ni la voz del alma impregnada en soles
cándidos. Somos solos en un desierto
con el solo sonido del suspiro
como fuente de vida.
Así me lanzo al vacío,
me encuentra tu piel cayendo
y me sujeta a lo ingrávido
en un par de notas
monocrómicas
y anatómicas.
Y me queda un rato soñando,
que me quede lo eterno pensando
en cómo dibujo en la oscuridad
tu silueta
una isla
con la yema de mis dedos
o en la soledad de los cielos.
Mis dedos registran cada sentir,
cada gesto del pentagrama,
cada voz reunida en el calor.
Que cuando se apague todo
quede todo en ciernes
en el aire, el temblor, el vaho
y que todo comience de nuevo,
que todos vuelvan a cantar,
que te muevas otra vez bajo mi piel
en el recuerdo vivo nocturno,
en la grabación cutánea
de tu mundo y mi mundo
y todos los mundos
a nuestros pies durante
el simple juego de amarte.//
Monday, September 16, 2013
Los Fantasmas de Simón V
La vida es una aventura deliciosa y una maldita desgracia a la vez, y ambos roles se intercambian de vez en cuando, como en una rueda de la fortuna.
Recordaba la cita, probablemente perteneciente a algún libro que Emilia le había pasado, mientras miraba lo que ocurría en la cafetería, que a esa hora estaba llena de universitarios enfrascados en animadas conversaciones o solitarios entes concentrados en lo que ocurría en las pantallas de sus celulares. Estaba nervioso: sabía que ella no había pasado por tiempos muy fáciles desde que se separaron, y la sensación de decisiones tomadas al vuelo, incorrectas, no lo dejaba tranquilo. Desde hacía un tiempo le rondaba la idea de buscarla y que volvieran a conversar, pero le detenían muchas cosas: orgullos y la sensación de que simplemente ambos no se correspondían.
Tentando entonces a la aventura, es que ahora estaba allí, esperando a Emilia, para pedirle que volvieran a ser uno.
Aunque quizás no lo diría en esos términos: pensaba tantear el terreno primero, analizar las expresiones de ella, ver si existía en ella el mismo brillo de sus ojos, la misma sonrisa nerviosa que a él le gustaba, esa sonrisa que le decía a él que había algo detrás, profundo y brillante. Esperaba ver en ella ese extrañar, ese anhelar algo nuevo juntos. Quizás esperaba muchas cosas. Pero tenía una cierta seguridad en lo que hacía, en lo que diría, y en lo que sentía en esos momentos.
Unos tipos se reían fuerte en una mesa contigua, cosa que sacó a Simón de sus cavilaciones. Faltaban cinco minutos para las cinco. Emilia ya estaría por llegar.
La vida es una aventura deliciosa y una maldita desgracia a la vez.
Una compañera de Emilia apareció de repente por la cafetería, y se acercó a él. Eran las cinco y diez minutos. Se saludaron de manera distante. Simón le preguntó si había visto a Emilia por alguna parte. Ella le dijo que la había visto irse como a las cuatro. Luego de intercambiar una que otra frase de cortesía, y de que ella se alejara, Simón terminó su café y se fue de la cafetería en dirección al metro, sintiendo una especie de peso en su espalda.//
Recordaba la cita, probablemente perteneciente a algún libro que Emilia le había pasado, mientras miraba lo que ocurría en la cafetería, que a esa hora estaba llena de universitarios enfrascados en animadas conversaciones o solitarios entes concentrados en lo que ocurría en las pantallas de sus celulares. Estaba nervioso: sabía que ella no había pasado por tiempos muy fáciles desde que se separaron, y la sensación de decisiones tomadas al vuelo, incorrectas, no lo dejaba tranquilo. Desde hacía un tiempo le rondaba la idea de buscarla y que volvieran a conversar, pero le detenían muchas cosas: orgullos y la sensación de que simplemente ambos no se correspondían.
Tentando entonces a la aventura, es que ahora estaba allí, esperando a Emilia, para pedirle que volvieran a ser uno.
Aunque quizás no lo diría en esos términos: pensaba tantear el terreno primero, analizar las expresiones de ella, ver si existía en ella el mismo brillo de sus ojos, la misma sonrisa nerviosa que a él le gustaba, esa sonrisa que le decía a él que había algo detrás, profundo y brillante. Esperaba ver en ella ese extrañar, ese anhelar algo nuevo juntos. Quizás esperaba muchas cosas. Pero tenía una cierta seguridad en lo que hacía, en lo que diría, y en lo que sentía en esos momentos.
Unos tipos se reían fuerte en una mesa contigua, cosa que sacó a Simón de sus cavilaciones. Faltaban cinco minutos para las cinco. Emilia ya estaría por llegar.
La vida es una aventura deliciosa y una maldita desgracia a la vez.
Una compañera de Emilia apareció de repente por la cafetería, y se acercó a él. Eran las cinco y diez minutos. Se saludaron de manera distante. Simón le preguntó si había visto a Emilia por alguna parte. Ella le dijo que la había visto irse como a las cuatro. Luego de intercambiar una que otra frase de cortesía, y de que ella se alejara, Simón terminó su café y se fue de la cafetería en dirección al metro, sintiendo una especie de peso en su espalda.//
Los Fantasmas de Simón IV
Estaba de cabeza, semi-desnuda. Corría un viento frío en un escarpado paisaje que parecía sacado de una revista de turismo en la Patagonia. Con cada uno de sus vellos erizados de frío, solo podía pensar en cómo salir de ahí. La situación era compleja: colgaba de sus pies amarrados a una gruesa rama de un gran árbol - del que no supo precisar el nombre, nunca supo mucho de árboles - mientras que sus manos también estaban amarradas, en un gran nudo, a su espalda. No había mucho que hacer. Aunque le parecía todo tan familiar, como un lugar al que cada cierto tiempo se debe ir para no romper una suerte de rutina, de obligación menesterosa con alguien.
Ese alguien era Simón. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, y la observaba precisamente con un gesto rutinario, como el celador de turno que cuida a los prisioneros del momento. Con paciencia, pero con distancia.
Y en todo esto había una cierta rutina. Había que dejar pasar el tiempo solamente. Curiosamente, ella no sentía ningún malestar físico más que el frío que hacía endurecer sus pezones descubiertos, y en general era así, solo una silenciosa espera, algo de aburrimiento, algo de impaciencia. El tiempo siempre era el mismo, el momento del día era una escena congelada: el sol en la pausa del crepúsculo, quieto entre unas montañas desiertas y una que otra estrella asomada al azar. En algún momento, en algún momento Simón se pondría de pie, soltaría sus amarras y con mucha delicadeza la tomaría en sus brazos para bajarla, segura, al suelo. Había que aguardar a que ese momento llegara.
De pronto, Simón se puso de pie. Comenzaría el ritual, la liberación era inminente. Pero algo raro ocurría: al ponerse de pie, su cuerpo giró dándole la espalda. El cuerpo de ella tembló. Simón comenzaba a alejarse, a caminar a paso lento.
- ¡¿ A dónde vas?!
El grito de ella hizo eco en el paisaje, como una mancha en un cuadro perfecto. Simón se dio vuelta y la miró.
- Tienes que bajar por ti misma. Házlo sola. Yo me tengo que ir.
La voz de Simón era una voz plana, como una grabación sin entonaciones, sin emociones.
- ¡No se te ocurra dejarme acá! ¡No puedo bajarme sola, es imposible!
La sola respuesta de Simón fue perderse en el horizonte.
Ella comenzó a gritar para hacer que volviera. Su mente se bloqueó, mientras su cuerpo comenzaba a doblarse, a hacer cualquier tipo de movimiento brusco que pudiera quizás romper la cuerda, o desarmar los nudos que la tenían prisionera. Trataba de separar sus pies, y sentía el dolor de la cuerda apretándole los tobillos. La cuerda también hería sus muñecas. Las piernas comenzaron a doler también. Todos los dolores corporales que no había sentido antes comenzaron a invadir a ese cuerpo minúsculo y abandonado a su suerte.
A lo lejos la escena era la siguiente: un cuerpo se bamboleaba en un árbol como si se tratara de un murciélago entumecido colgando de una rama de un árbol. De repente emitía algunos gritos que hacían que las bandadas de aves diversas en los alrededores huyeran despavoridas. Era lo único que subsistía en la soledad.
...
Amaneció con un leve dolor corporal. Tenía en la mente la imagen del murciélago tambaleándose en el aire del sueño. Esa imagen la acompañó durante todo el día de deberes universitarios. Imposible de eliminar. De cuando en cuando veía en alguna esquina a Simón, pero esta vez no prestó tanta atención, absorta en cada una de las minucias del día y en la imagen del sueño.
En algún momento del día tuvo que ir a la sala de computación. En la vorágine del poco tiempo disponible que le quedaba, se sentó distraídamente en uno de los computadores para buscar el documento que debía imprimir y leer antes de las 3. Cabizbaja y acelerada, apenas notó que alguien le hablaba a su lado
- ¡Hola, Emi! Me parecía que te iba a encontrar por acá. Justo andaba por Humanidades y me imaginé que...
Fueron tres pasos. Uno, un nudo en el estómago muy fuerte, que casi hace que su cuerpo se doblara por completo de dolor. Dos, tratar de dar crédito a lo que veían sus ojos, a la persona en el contexto de una situación casual, fuera de la nube emocional en la que ella lo había situado desde ese momento en que... Tres, disimular. D-I-S-I-M-U-L-A-R.
- ¡Hola! Sorry, es que no te había cachado, ando como media volada-
- Sí, es que ya se viene el fin de semestre... ¿Cómo has estado? Hace tiempo que no te veía por la u.
- Bien... bien, ¿y tú?
- Bien, algo chato con Agronomía, porque me cambié y-
- Sí, algo me había comentado alguien por ahí.
- Ah, dale. Oye, ¿vamos a tomarnos un café? ¿Tienes clases después?
- Sí, tengo clase...
- Cuando salgas entonces. ¿A qué hora terminas?
- Eeeh, a las cinco...
- Ya, buena. Nos juntamos a las cinco entonces, acá cerca en el Hall, ¿te tinca?
- Sí... sí, súper.
- Ya. Nos vemos entonces, Emi.
- Chau.
Simón se alejó con ligereza mientras cerraba la sesión de su computador y se dirigía a la salida de la CRISOL. La gran actriz se escapaba, y volvía a ser ella misma, al sentir que se hundía en su silla mientras a su lado una chica de pelo corto y lentes oscuros ocupaba el puesto que había dejado vacante Simón. Se hundía, se hundía, mientras una sensación, unas olas de viento, aprisionaban sus músculos, uno a uno. Y luego los temblores, le temblaba demasiado el cuerpo como si le hubiera bajado la presión: sentía frío. Cerró de súbito la sesión del computador, tomó su mochila y como pudo se dirigió a la salida. En su mente se atropellaban dos ideas: huir o juntarse con Simón. Lo más improbable en la historia de su vida acababa de pasar y no sabía cómo reaccionar.
Decidió no ir a clases, sino esperar a que las horas pasaran recostada en el pasto, pensando en el sueño de aquélla noche, y en cómo liberarse de la manera menos dolorosa posible. Pero... claramente siempre habría dolor, y mucho.
Ese alguien era Simón. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, y la observaba precisamente con un gesto rutinario, como el celador de turno que cuida a los prisioneros del momento. Con paciencia, pero con distancia.
Y en todo esto había una cierta rutina. Había que dejar pasar el tiempo solamente. Curiosamente, ella no sentía ningún malestar físico más que el frío que hacía endurecer sus pezones descubiertos, y en general era así, solo una silenciosa espera, algo de aburrimiento, algo de impaciencia. El tiempo siempre era el mismo, el momento del día era una escena congelada: el sol en la pausa del crepúsculo, quieto entre unas montañas desiertas y una que otra estrella asomada al azar. En algún momento, en algún momento Simón se pondría de pie, soltaría sus amarras y con mucha delicadeza la tomaría en sus brazos para bajarla, segura, al suelo. Había que aguardar a que ese momento llegara.
De pronto, Simón se puso de pie. Comenzaría el ritual, la liberación era inminente. Pero algo raro ocurría: al ponerse de pie, su cuerpo giró dándole la espalda. El cuerpo de ella tembló. Simón comenzaba a alejarse, a caminar a paso lento.
- ¡¿ A dónde vas?!
El grito de ella hizo eco en el paisaje, como una mancha en un cuadro perfecto. Simón se dio vuelta y la miró.
- Tienes que bajar por ti misma. Házlo sola. Yo me tengo que ir.
La voz de Simón era una voz plana, como una grabación sin entonaciones, sin emociones.
- ¡No se te ocurra dejarme acá! ¡No puedo bajarme sola, es imposible!
La sola respuesta de Simón fue perderse en el horizonte.
Ella comenzó a gritar para hacer que volviera. Su mente se bloqueó, mientras su cuerpo comenzaba a doblarse, a hacer cualquier tipo de movimiento brusco que pudiera quizás romper la cuerda, o desarmar los nudos que la tenían prisionera. Trataba de separar sus pies, y sentía el dolor de la cuerda apretándole los tobillos. La cuerda también hería sus muñecas. Las piernas comenzaron a doler también. Todos los dolores corporales que no había sentido antes comenzaron a invadir a ese cuerpo minúsculo y abandonado a su suerte.
A lo lejos la escena era la siguiente: un cuerpo se bamboleaba en un árbol como si se tratara de un murciélago entumecido colgando de una rama de un árbol. De repente emitía algunos gritos que hacían que las bandadas de aves diversas en los alrededores huyeran despavoridas. Era lo único que subsistía en la soledad.
...
Amaneció con un leve dolor corporal. Tenía en la mente la imagen del murciélago tambaleándose en el aire del sueño. Esa imagen la acompañó durante todo el día de deberes universitarios. Imposible de eliminar. De cuando en cuando veía en alguna esquina a Simón, pero esta vez no prestó tanta atención, absorta en cada una de las minucias del día y en la imagen del sueño.
En algún momento del día tuvo que ir a la sala de computación. En la vorágine del poco tiempo disponible que le quedaba, se sentó distraídamente en uno de los computadores para buscar el documento que debía imprimir y leer antes de las 3. Cabizbaja y acelerada, apenas notó que alguien le hablaba a su lado
- ¡Hola, Emi! Me parecía que te iba a encontrar por acá. Justo andaba por Humanidades y me imaginé que...
Fueron tres pasos. Uno, un nudo en el estómago muy fuerte, que casi hace que su cuerpo se doblara por completo de dolor. Dos, tratar de dar crédito a lo que veían sus ojos, a la persona en el contexto de una situación casual, fuera de la nube emocional en la que ella lo había situado desde ese momento en que... Tres, disimular. D-I-S-I-M-U-L-A-R.
- ¡Hola! Sorry, es que no te había cachado, ando como media volada-
- Sí, es que ya se viene el fin de semestre... ¿Cómo has estado? Hace tiempo que no te veía por la u.
- Bien... bien, ¿y tú?
- Bien, algo chato con Agronomía, porque me cambié y-
- Sí, algo me había comentado alguien por ahí.
- Ah, dale. Oye, ¿vamos a tomarnos un café? ¿Tienes clases después?
- Sí, tengo clase...
- Cuando salgas entonces. ¿A qué hora terminas?
- Eeeh, a las cinco...
- Ya, buena. Nos juntamos a las cinco entonces, acá cerca en el Hall, ¿te tinca?
- Sí... sí, súper.
- Ya. Nos vemos entonces, Emi.
- Chau.
Simón se alejó con ligereza mientras cerraba la sesión de su computador y se dirigía a la salida de la CRISOL. La gran actriz se escapaba, y volvía a ser ella misma, al sentir que se hundía en su silla mientras a su lado una chica de pelo corto y lentes oscuros ocupaba el puesto que había dejado vacante Simón. Se hundía, se hundía, mientras una sensación, unas olas de viento, aprisionaban sus músculos, uno a uno. Y luego los temblores, le temblaba demasiado el cuerpo como si le hubiera bajado la presión: sentía frío. Cerró de súbito la sesión del computador, tomó su mochila y como pudo se dirigió a la salida. En su mente se atropellaban dos ideas: huir o juntarse con Simón. Lo más improbable en la historia de su vida acababa de pasar y no sabía cómo reaccionar.
Decidió no ir a clases, sino esperar a que las horas pasaran recostada en el pasto, pensando en el sueño de aquélla noche, y en cómo liberarse de la manera menos dolorosa posible. Pero... claramente siempre habría dolor, y mucho.
Saturday, August 24, 2013
Los Fantasmas de Simón III
Se pasaban los vasos de plástico generosos de cerveza, los "jelly shots", los cigarros. Era una noche grande, una noche pequeña pero sin límites, una noche sin muchos adjetivos, una noche llena de sonidos y voces. Ella se entregaba a todo aquello en esa pequeña facultad que se veía renacer en ese interludio de viernes por la noche. Tampoco era tan tarde, posiblemente el carrete se iba a la casa de cualquiera de los asistentes. Ella había bailado con varios tipos y hablado de muchas cosas, más de lo que hubiese querido. Hablaba de Simón de tanto en tanto, cosas increíblemente íntimas. Y no le interesaba realmente si la escuchaban o no. Hablar de él generaba una barrera que anulaba segundas intenciones de cualquiera. Y mientras la música sonaba fuerte y las risotadas aumentaban, ella sentía más ganas precisamente de perderse en todo ese movimiento, y que todo acabara ahí: que acabara ella misma y su cuerpo y el recuerdo de Simón y los ensayos pendientes, y la cantidad de libros sin leer.
Sintió la urgencia de ir al baño. Mareada, logró llegar a tropezones. Tenía ganas de vomitar, pero no lo consiguió. Se quedó por varios minutos ahí, de rodillas frente a la taza de baño abierta. Estaba sola en el silencio sepulcral blanco, con el sonido de sus arcadas resonando contra las paredes. Pero no pudo vomitar. Fue a lavarse la cara, mientras que pensaba que quizás ya era la hora de irse. Simón, dibujado en el espejo, con una expresión inmutable y sombría, observaba como siempre.Un tipo la esperaba afuera del baño. Quizás lo había besado con anterioridad en algún baile, no se acordaba. El tipo le ofreció llevarla en su auto a la casa de ella. Al final se fueron a la de él. Y tuvieron una intentona de sexo casual quizás debido a la borrachera, quizás debido a un poco de soledad disfrazada. Ella pensó en Simón justo en el momento en que ambos decidían deponer el intento de sexo o como quiera que se llamara ese momento intenso, casi salvaje. Y en su mente viajó a ese momento en que, tirados en una cama como esa, o no tanto como esa, quizás más chica y desordenada, hicieran el amor con ojos muy abiertos, con los ojos del deseo profundo que levitan durante años en nuestros labios. Y que se liberaron esa noche.
O tal vez no. Pero sí fue importante. Grande. A las seis de la mañana salió de esa casa con el cuerpo tullido y sin que nadie la viera. Trató de orientarse y buscar un paradero. Una intensa bruma cubría todas las formas, todas las formas de tratar de volver a casa. No le importó perderse un poco. Mientras pensaba en esa noche, y en las otras noches en que había estado con Simón. Prefirió perderse para seguir pensando, en medio de la bruma, en Simón. Quiso correr, quiso buscarlo de repente, lo llamó, lo llamó consciente de que no aparecería en esa mañana de niebla, porque el fantasma solo pertenecía a esa universidad, universidad de mierda. Fantasma de mierda. Presencia eterna. A veces pensaba que eso era precisamente lo único que la mantenía en pie, esa imagen siempre estable.
Por qué tenías que irte así. Por qué me dejaste de querer, así nada más. Como si te hubieras aburrido de un libro,lo dejaste ahí tirado, como cualquier huevada. Como un mal libro. Eso fue, como un libro penca. Malo. Ni siquiera quisiste saber el final, ni siquiera nada. Nada. Por qué lo dejaste sin terminar. Yo tampoco ahora puedo leerlo, no me atrevo. Quiero, pero no puedo. Pero no lo voy a tirar, no, eso no. Se quedará en esa página que lo dejaste. No sé hacer otra cosa. No sé. Por qué me dejaste de querer. Por. Qué. Un libro malo, eso soy. Malo. Una mujer incompleta. No sé. Ya no sé nada. No quiero saber. NO QUIERO SABER.
Y fue su último carrete universitario.
Sintió la urgencia de ir al baño. Mareada, logró llegar a tropezones. Tenía ganas de vomitar, pero no lo consiguió. Se quedó por varios minutos ahí, de rodillas frente a la taza de baño abierta. Estaba sola en el silencio sepulcral blanco, con el sonido de sus arcadas resonando contra las paredes. Pero no pudo vomitar. Fue a lavarse la cara, mientras que pensaba que quizás ya era la hora de irse. Simón, dibujado en el espejo, con una expresión inmutable y sombría, observaba como siempre.Un tipo la esperaba afuera del baño. Quizás lo había besado con anterioridad en algún baile, no se acordaba. El tipo le ofreció llevarla en su auto a la casa de ella. Al final se fueron a la de él. Y tuvieron una intentona de sexo casual quizás debido a la borrachera, quizás debido a un poco de soledad disfrazada. Ella pensó en Simón justo en el momento en que ambos decidían deponer el intento de sexo o como quiera que se llamara ese momento intenso, casi salvaje. Y en su mente viajó a ese momento en que, tirados en una cama como esa, o no tanto como esa, quizás más chica y desordenada, hicieran el amor con ojos muy abiertos, con los ojos del deseo profundo que levitan durante años en nuestros labios. Y que se liberaron esa noche.
O tal vez no. Pero sí fue importante. Grande. A las seis de la mañana salió de esa casa con el cuerpo tullido y sin que nadie la viera. Trató de orientarse y buscar un paradero. Una intensa bruma cubría todas las formas, todas las formas de tratar de volver a casa. No le importó perderse un poco. Mientras pensaba en esa noche, y en las otras noches en que había estado con Simón. Prefirió perderse para seguir pensando, en medio de la bruma, en Simón. Quiso correr, quiso buscarlo de repente, lo llamó, lo llamó consciente de que no aparecería en esa mañana de niebla, porque el fantasma solo pertenecía a esa universidad, universidad de mierda. Fantasma de mierda. Presencia eterna. A veces pensaba que eso era precisamente lo único que la mantenía en pie, esa imagen siempre estable.
Por qué tenías que irte así. Por qué me dejaste de querer, así nada más. Como si te hubieras aburrido de un libro,lo dejaste ahí tirado, como cualquier huevada. Como un mal libro. Eso fue, como un libro penca. Malo. Ni siquiera quisiste saber el final, ni siquiera nada. Nada. Por qué lo dejaste sin terminar. Yo tampoco ahora puedo leerlo, no me atrevo. Quiero, pero no puedo. Pero no lo voy a tirar, no, eso no. Se quedará en esa página que lo dejaste. No sé hacer otra cosa. No sé. Por qué me dejaste de querer. Por. Qué. Un libro malo, eso soy. Malo. Una mujer incompleta. No sé. Ya no sé nada. No quiero saber. NO QUIERO SABER.
Y fue su último carrete universitario.
Monday, July 29, 2013
Los Fantasmas de Simón II
Haré las mismas cosas que hace todo el mundo. Todo el mundo pasa por altibajos, y finalmente las fases de la vida sirven para que una crezca, para que una se desarrolle como persona, para que en el futuro llegue todo lo indicado para una: el trabajo indicado para una, el libro indicado para una, la casa indicada, el hombre indicado.
Otro libro leído por obligación. Eran pocos los que le gustaban de verdad. Quizás le gustó Dickens. No quiso saber nada de Henry James. Peleó con Woolf y Joyce en silencio y en voz alta, y jamás tocó a Austen. Y a pesar de ver a todos sus compañeros de clases absolutamente compenetrados en la lectura y discusión de las grandes obras clásicas de la literatura inglesa, ella permanecía como un ente sin mucha opinión al respecto, insegura, cuyos pensamientos eran indignos de posarse en los oídos de personas que lo habían leído todo, lo habían escuchado todo, y casi lo sabían todo. Porque no sabían lo que ella descubría a diario: que el ejercicio de ser literato era una absoluta pérdida de tiempo muchas veces. Y esa tesis se acrecentaba en su cabeza como una bestia alienígena que cantaba una canción en tonos graves, más graves, más graves.
Aunque la vida es corta, se decía. Había que gastar más tiempo yendo a la cafetería a conversar acerca de la gente de la universidad. En qué se gastarían las millonadas de plata de sus familias. Pensar en que si alguien tiene cubiertas todas las necesidades, entonces se crea necesidades de a poco. Como la necesidad de ir a esquiar todos los inviernos a Farellones o el sitio que fuera que estuviera de moda. O comer sushi costoso, o ir a lugares costosos como la Sala Murano al carrete de fin de semana o beberse todos - absolutamente todos - los tragos caros de una. Cualquier cosa al final era buena.
Excepto aquel comentario.
- Vi al Simón el otro día. Se cambió a Agronomía. Le está yendo bien, onda buenas notas, y hasta se ve más mino que antes.
Ella piensa que ha sido un invierno terrible dentro de su cabeza como para que el fantasma aparezca de nuevo como siempre lo hace. O es la única estación que su mente conoce bien. Bebe de su café de nuevo, intenta mirar por la ventana; él está de pie apoyado en esa banca con su chaqueta de siempre, la negra que lo hace ver mayor pero anodino, y mira en esta dirección, esperando su respuesta. Es una mirada que inquiere, que pide cuentas sobre cada gesto y cada pensamiento. Ella retiene su respiración, suspira disimuladamente, mira a Susana con normalidad, le dice qué bien, me alegro que esté bien, voy a ir a sacar ahora unas fotocopias que se me olvidaron, nos vemos mañana.
Nos vemos mañana, nos vemos ayer, nos vemos en cualquier otro momento pasado.
Allí está Simón otra tarde más. Y así normalmente es esa rutina, y ella lo sabe bien: en algún momento aparece el fantasma y comienza a hacer el mismo recorrido que ella, quizás un metro más atrás, quizás se adelante un poco. En ese momento la ha acompañado a la fotocopiadora. Mientras ella saca el único billete que le queda de la semana, él la observa de cerca, cada movimiento. A ella le tiemblan las manos, se siente observada. El billete se le cae, un tipo la mira recogerlo rápidamente, se le cae la mochila de repente, y siente que todos la observan. Incluso él, por supuesto, si no ha despegado la vista de su cuerpo. Pide las fotocopias, espera un momento, paga, le dan el vuelto, y Simón observa toda la operación. Se guarda doscientos pesos, que flotan en su bolsillo vacío. Y en un segundo, un segundo de descuido, un segundo de desconcentración pasa cerca de Simón. Siente su olor. Lo siente, palpable, ese perfume que lo identificaba, de modo que tambalea de un lado para otro mientras se aleja del grupo de estudiantes esperando en la fotocopiadora. Turbada, solo mira hacia atrás unos segundos. Simón ya no está. Pero persiste en sus fosas nasales ese aroma. Y sigue ese aroma mientras se pierde en el mar de estudiantes que a esa hora es la estación de metro. Como anónima, mira desde arriba la ciudad mientras el tren viaja a gran velocidad, llenándose de diversos rostros cansados, los de todos los días, con sus propias preocupaciones, discusiones internas, y fantasmas. //
Otro libro leído por obligación. Eran pocos los que le gustaban de verdad. Quizás le gustó Dickens. No quiso saber nada de Henry James. Peleó con Woolf y Joyce en silencio y en voz alta, y jamás tocó a Austen. Y a pesar de ver a todos sus compañeros de clases absolutamente compenetrados en la lectura y discusión de las grandes obras clásicas de la literatura inglesa, ella permanecía como un ente sin mucha opinión al respecto, insegura, cuyos pensamientos eran indignos de posarse en los oídos de personas que lo habían leído todo, lo habían escuchado todo, y casi lo sabían todo. Porque no sabían lo que ella descubría a diario: que el ejercicio de ser literato era una absoluta pérdida de tiempo muchas veces. Y esa tesis se acrecentaba en su cabeza como una bestia alienígena que cantaba una canción en tonos graves, más graves, más graves.
Aunque la vida es corta, se decía. Había que gastar más tiempo yendo a la cafetería a conversar acerca de la gente de la universidad. En qué se gastarían las millonadas de plata de sus familias. Pensar en que si alguien tiene cubiertas todas las necesidades, entonces se crea necesidades de a poco. Como la necesidad de ir a esquiar todos los inviernos a Farellones o el sitio que fuera que estuviera de moda. O comer sushi costoso, o ir a lugares costosos como la Sala Murano al carrete de fin de semana o beberse todos - absolutamente todos - los tragos caros de una. Cualquier cosa al final era buena.
Excepto aquel comentario.
- Vi al Simón el otro día. Se cambió a Agronomía. Le está yendo bien, onda buenas notas, y hasta se ve más mino que antes.
Ella piensa que ha sido un invierno terrible dentro de su cabeza como para que el fantasma aparezca de nuevo como siempre lo hace. O es la única estación que su mente conoce bien. Bebe de su café de nuevo, intenta mirar por la ventana; él está de pie apoyado en esa banca con su chaqueta de siempre, la negra que lo hace ver mayor pero anodino, y mira en esta dirección, esperando su respuesta. Es una mirada que inquiere, que pide cuentas sobre cada gesto y cada pensamiento. Ella retiene su respiración, suspira disimuladamente, mira a Susana con normalidad, le dice qué bien, me alegro que esté bien, voy a ir a sacar ahora unas fotocopias que se me olvidaron, nos vemos mañana.
Nos vemos mañana, nos vemos ayer, nos vemos en cualquier otro momento pasado.
Allí está Simón otra tarde más. Y así normalmente es esa rutina, y ella lo sabe bien: en algún momento aparece el fantasma y comienza a hacer el mismo recorrido que ella, quizás un metro más atrás, quizás se adelante un poco. En ese momento la ha acompañado a la fotocopiadora. Mientras ella saca el único billete que le queda de la semana, él la observa de cerca, cada movimiento. A ella le tiemblan las manos, se siente observada. El billete se le cae, un tipo la mira recogerlo rápidamente, se le cae la mochila de repente, y siente que todos la observan. Incluso él, por supuesto, si no ha despegado la vista de su cuerpo. Pide las fotocopias, espera un momento, paga, le dan el vuelto, y Simón observa toda la operación. Se guarda doscientos pesos, que flotan en su bolsillo vacío. Y en un segundo, un segundo de descuido, un segundo de desconcentración pasa cerca de Simón. Siente su olor. Lo siente, palpable, ese perfume que lo identificaba, de modo que tambalea de un lado para otro mientras se aleja del grupo de estudiantes esperando en la fotocopiadora. Turbada, solo mira hacia atrás unos segundos. Simón ya no está. Pero persiste en sus fosas nasales ese aroma. Y sigue ese aroma mientras se pierde en el mar de estudiantes que a esa hora es la estación de metro. Como anónima, mira desde arriba la ciudad mientras el tren viaja a gran velocidad, llenándose de diversos rostros cansados, los de todos los días, con sus propias preocupaciones, discusiones internas, y fantasmas. //
Sunday, July 28, 2013
Los Fantasmas de Simón I
Al principio de ese libro o al final de ese libro. Daba igual; quizás en alguna parte de ese grueso tomo encontrará alguna cita que la ayudara a ordenar sus pensamientos. Solo una línea, egoísta o críptica. Aunque de repente piensa: me tragaría cualquier frase en este momento, cualquier cosa podría influenciar mi actuar en este momento, cuando me vuelvo algo así como una esponja increíblemente ciega. Su hambre de lectura en este momento no es lo que ella consideraría el sano ejercicio de conocer más, sino que solo es uno de aquellos impulsos de ser llevada a la biblioteca solo para escapar en un trozo de tiempo libre de los deberes impuestos tanto de manera externa como interna. O para disfrutar del sol de primavera y verse al mismo tiempo interesante en el patio de esa facultad que gusta tanto de los juegos de apariencias.
A ella le inquietan una serie de cosas en ese crucial momento de la existencia. No solo combate con unas intensas ganas de echarse a dormir un sueño profundo, y no solo combate con las infinitas ganas de comprarse el chocolate más grande que encuentre. También lucha a conciencia con los fantasmas de Simón. En este momento, si alguien tomara una foto, y si alguien realmente gustara de esas exóticas investigaciones en que figuras espectrales aparecen en las fotografías, bueno, entonces vería que al lado de ella, bajo ese árbol juvenil de la facultad, habría indefectiblemente la figura de un hombre. Del hombre solo se vería la silueta, pero ella vería más, y empezaría a contar con detalles incluso malsanos las cualidades de este Simón.
Te diría: Simón. Sí es Simón. Simón es alto, delgado, tiene dos lunares en el cuello, tiene la cara alargada quizás algo asimétrica a veces, tiene unos ojos que juegan con una aparente vacuidad, y así es él, te diría ella: siempre parece vacío. Lo parece, pero no, porque es como adentrarse en el mar de a poco, en esos días que se sabe de tormenta, pero ir igual y adentrarse, adentro, adentro. Y descubrir una calma escondida, pero siempre expectante a la próxima tormenta. Quizás sus orejas son algo grandes, pero eso no le quita atractivo. Es su opinión, te diría ella. Nunca se ha visto con barba, sus brazos son más bien cortos, su cuerpo tiene una estructura que puede ser fácilmente alineada con la del hombre promedio. No tiene la risa a flor de piel, no sonríe fácil, pero es sarcástico. Muy inteligente y consciente de ello. Protector. Gusta del cine de Lynch y del terror japonés. No es detallista, pero sabe sorprender en los momentos precisos. Buena memoria. Besos extraños, quizás a veces demasiado húmedos. Manos grandes. Alma grande. Quizás confusa, inquietante, impenetrable.
En esa foto siempre estaría Simón. Siempre en esa facultad, espiándola, Simón. Por eso, esa tarde siente a Simón dormitando a su lado, mientras ella abre ese libro, hace como que lee sin tener las ganas, busca la frase adecuada para el momento, quizás algo relacionado con el olvido, con la paz interna utópica que todos buscan, con el sentido realmente útil y necesario de la procastinación, con el fin de los fantasmas. Pero no encuentra ninguna.//
A ella le inquietan una serie de cosas en ese crucial momento de la existencia. No solo combate con unas intensas ganas de echarse a dormir un sueño profundo, y no solo combate con las infinitas ganas de comprarse el chocolate más grande que encuentre. También lucha a conciencia con los fantasmas de Simón. En este momento, si alguien tomara una foto, y si alguien realmente gustara de esas exóticas investigaciones en que figuras espectrales aparecen en las fotografías, bueno, entonces vería que al lado de ella, bajo ese árbol juvenil de la facultad, habría indefectiblemente la figura de un hombre. Del hombre solo se vería la silueta, pero ella vería más, y empezaría a contar con detalles incluso malsanos las cualidades de este Simón.
Te diría: Simón. Sí es Simón. Simón es alto, delgado, tiene dos lunares en el cuello, tiene la cara alargada quizás algo asimétrica a veces, tiene unos ojos que juegan con una aparente vacuidad, y así es él, te diría ella: siempre parece vacío. Lo parece, pero no, porque es como adentrarse en el mar de a poco, en esos días que se sabe de tormenta, pero ir igual y adentrarse, adentro, adentro. Y descubrir una calma escondida, pero siempre expectante a la próxima tormenta. Quizás sus orejas son algo grandes, pero eso no le quita atractivo. Es su opinión, te diría ella. Nunca se ha visto con barba, sus brazos son más bien cortos, su cuerpo tiene una estructura que puede ser fácilmente alineada con la del hombre promedio. No tiene la risa a flor de piel, no sonríe fácil, pero es sarcástico. Muy inteligente y consciente de ello. Protector. Gusta del cine de Lynch y del terror japonés. No es detallista, pero sabe sorprender en los momentos precisos. Buena memoria. Besos extraños, quizás a veces demasiado húmedos. Manos grandes. Alma grande. Quizás confusa, inquietante, impenetrable.
En esa foto siempre estaría Simón. Siempre en esa facultad, espiándola, Simón. Por eso, esa tarde siente a Simón dormitando a su lado, mientras ella abre ese libro, hace como que lee sin tener las ganas, busca la frase adecuada para el momento, quizás algo relacionado con el olvido, con la paz interna utópica que todos buscan, con el sentido realmente útil y necesario de la procastinación, con el fin de los fantasmas. Pero no encuentra ninguna.//
Tres Avemarías
La historia de una profe empezando a enseñar, el traslado desde los suburbios hacia las alturas de una metrópolis siútica, y el mundo, hostil y cambiante y perverso y hermoso, de un colegio, y todo en tres actos. Tres gritos, tres suspiros, tres risas, tres estados de ánimo diferentes.
Primer
avemaría.
Como
la puerta se abre sola
me
empujo a salir a un lado
demasiado
despierta como para decir
sagrada
mi vida, sagrado mi cuerpo.
Espero
la mano abierta,
la
ciudad rota entre mis labios,
un
nuevo juego de palabras
entresílabas y
tremendistas.
Un
suspiro, una gota de silencio
entredurmiendo,
entredespierto,
entreteniendo
un cuerpo estático tras
otro.
Entre
tantas suertes me despojo
de
demasiado pensamiento:
más
vale resonar que resguardar,
presionar
y vigilar
como
sale el sol de a poquito,
tímido,
de
a poquito,
canto,
avemaría,
salgo,
avemaría,
encuentro
una
que otra cosa saltarina
como
para conservar la gracia
y
verme en la templanza
segundo a segunda.
Segundo avemaría.
Retoman
la avenida
los
bólidos alados.
Si
el tiempo me condena hoy,
¿retirará
mi cuerpo algún hombre
para
llevarlo a algún rincón de sol?
Solamente
el tornasol
me
permite pensar más allá
de
mi cuerpo.
La
escalada, la playa sorda,
¿quién
dijo que era cándido
el
reemplazo notable de mentes
en un mar de segundos?
Avemaría,
avemaría,
se
abre el telón,
me
esperan los muros insondables
de
lenguajes entrometidos,
sembrando
ideas en mundos
que
ni siquiera alumbran
una
gota de sombra.
Good morning,
saquen su libro,
página
20 del año 2067,
hay
una pequeña invasión
de
hombres de lata
y
vísceras podridas,
let's talk in English about that.
Y
de lo humano y lo divino,
remecemos
la lengua y los sentidos,
y
los que estaban en ese otro mundo,
parece
que regresan,
parece
que se retoman,
vuelven
a sus cuerpos,
se
redimen, escriben,
levantan la mano.
Good, good. God.
Hombrecitos
y mujercitas en rebelión,
¿qué
haría Mistral en mi lugar?
Quién
sabe cuántas penas han pasado
por esas palabras,
qué
pasa en casa,
que
ni un abrazo ni un beso los colma,
quieren
el mundo,
quieren
meter el mundo en mi sala.
Por
ellos,
un
avemaría,
otro
avemaría,
como
canción de cuna,
otro avemaría.
Tercer Avemaría.
Entretanto
el día me llena de
papeles,
gestos,
y
en un pequeño descuido
tengo
el cosmos en mis pañuelos,
el
cielo entre mis cuadernos.
Quien
sabe de gloria entiende
la
sonrisas sueltas al aire,
el
cuerpo recepto a nuevas
intimidades
de palabras y conceptos.
Basta
comprender entonces
y
hacerme lectora de almas
para que todo se ordene
perfecto.
En
tanto termina un juego,
se
cierran libros y cuadernos,
con
ligereza se abandona un cuento:
agotado
el seso no queda más que
correr,
comer, dormir, retirar.
Pero
el retiro es una persecución:
hay
un reloj cosido en mi frente
un
batirse de pianos, deberes, palabras
a
rellenar, complejos, preceptos,
y
el día se pasa en eso:
en
eso de cómo hacer una mejor clase,
en eso de cómo hacer un
mundo mejor.//
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