Monday, October 14, 2013

El Jardín





- A ella le encanta venir a ver el jardín. De hecho, señora, este es el único momento en que la veo feliz... El único.

Los ojos de aquel hombre se volvieron profundos y silentes, con ese breve destello que revela almas completamente inquietas, noches sin dormir, quizás recuerdos de llantos y sollozos. Ana María miraba con la curiosidad de una niña las azaleas, rayitos de sol, amapolas, y tantas otras especies del jardín de la señora Rocío, famosa por poseer los mejores especímenes de todo el barrio, de acuerdo a una suerte de votación popular fruto del boca-a-boca. Nadie que pasara por fuera de la casa de los Rojas podía estar ajeno al verdor y al festival de colores que en el reducido espacio confluían, ya fuesen feriantes, carteros, dueñas de casa, traficantes... En fin, toda la fauna de la modesta villa quedaba atrapada, extasiada, contemplando la primavera en todo su esplendor.

Aquella mañana mientras regaba con paciencia su jardín plagado de camelias, buganvileas, entre otras plantas, la señora Rocío había reparado en una mujer del brazo de un hombre que se había quedado detenida con los ojos estáticos sobre las flores del jardín. El hombre de súbito le preguntó a la señora Rocío si podían pasar a su casa para que su madre admirara de cerca las flores, que eso la alegraría. Sin meditar mucho el asunto, la señora Rocío partió rauda a buscar las llaves que abrirían la frágil reja de su casa para hacer pasar a los extraños - curiosamente sin reparar en el hecho de que le estaba abriendo las puertas de su palacio floral a dos simples desconocidos. Pero una suerte de corazonada usual le indicaba a la señora Rocío que este gesto era el adecuado.

La señora Rocío observó a Ana María un instante, mientras ésta se agachaba a analizar detenidamente las diminutas "campanitas" de tonos violeta pálido. La mujer lucía aparentemente bien; un grupo de arrugas alrededor de los ojos era lo único que delataba en cierto modo que la mujer tenía más edad de la que aparentaba. Aquéllo no calzaba con lo que le decía su hijo, quien le relató de manera rápida y escueta que su madre padecía una severa depresión desde que había muerto su padre. Además, sugirió que en el hogar existían serios problemas que no quiso especificar, ni tampoco la señora Rocío quiso ahondar en ellos, ya que poseía un gran y destacable sentido de la empatía,que era tan grande como su decoro. Héctor también contemplaba a su madre en ese instante. Sin embargo, y tal como puntualizó la señora Rocío, existía una cierta distancia entre madre e hijo, una barrera indescriptible, lejana a una sincera ternura entre ambos.

- ¿Y éstas flores...? Creo que las he visto en otro lado. Se llaman... ¿juncos?

La voz de Ana María rompió el silencio del jardín, y su voz sonó como un delicado eco que sacó de sus cavilaciones suavemente a la señora Rocío.

- No, ésos son jacintos. Son distintos de los otros porque...

Y se enfrascó en una pequeña disertación sobre las diferencias de crianza y mantención de las mentadas flores, disertación que Ana María seguía con toda la atención del mundo. Héctor solo esperaba, mudo, en el otro extremo de jardín. Ana María realizó un par de preguntas más, interesada solamente en los cuidados florales, y luego ambos se despidieron, prometiendo volver en alguna otra ocasión.

Para la señora Rocío, el simple hecho que sus flores tuvieran efectos terapéuticos sobre otras personas era un motivo de orgullo y alegría: no había nada más en el mundo que le gustara más que cuidar de su jardín durante los meses de otoño e invierno, comprar abonos, nuevas flores, semillas, trasladarlas y regarlas, para disfrutar de sus colores y formas durante la primavera. Comentó el asunto de Ana María a sus hijas, quienes lejos de darle la importancia que merecía tal acontecimiento, redujeron el tema a una simple anécdota de sobremesa.

Lo cierto es que Ana María y su hijo continuaron visitando el jardín de la señora Rocío por varias mañanas más. Siempre la misma expresión impasible en el rostro de Ana María, siempre las preguntas sobre las flores, siempre una sonrisa tranquila. Y siempre Héctor a su lado, aguardando pacientemente que la mujer recolectara su dosis de alegría diaria, la necesaria para mantenerse aferrada a la vida por otro día más. En la señora Rocío se anidaba algo parecido a la compasión, pero no sentía pena por la situación en la que la mujer estaba sumergida, sino que sentía la paz al saber que en ese espacio los tres seres disfrutaban de un mismo mundo: el de ese jardín y esa primavera santiaguina.

Un día dejaron de venir. A la señora Rocío le pareció un hecho casi normal: las personas van y vienen. Fue una semana completa de ausencia que sin duda rondó por la cabeza de la señora Rocío como una preocupación más arraigada dentro del conjunto de preocupaciones diarias. Otras personas se acercaban a alabar su jardín a diario, pero sentía que no era lo mismo. Con el correr de los días, sin embargo, olvidó el asunto, concentrándose en las pequeñas minucias de sus quehaceres domésticos.

Dos semanas pasaron. Una mañana volvió a ver a Héctor. La señora Rocío adivinó la noticia simplemente al ver los ojos del hombre.

- Lo siento, mi niño.

Lo hizo pasar al jardín por última vez. Héctor no derramó ninguna lágrima, sino que simplemente se dejó llevar por los colores y formas de todas las flores.

- Éstos son los jacintos.
- Sí, ésos son...

La señora Rocío dedicó un par de palabras afectuosas a Héctor, quien las recibió con el mismo gesto indescriptible de las primeras veces que lo había visto. Luego se alejó, a paso lento, contenido, por las estrechas calles de la villa. Una sensación pesada envolvió a la señora Rocío durante todo ese día. El suicidio es algo que se ve venir en las personas con depresión, no en todas, pero, ¿ella? Mientras comenzaba con el regado habitual, pensó en que sin duda muchas cosas no tenían sentido alguno, pero que así eran las cosas, qué se le iba a hacer.

El sábado de esa misma semana un nuevo jacinto lucía orgulloso en el jardín de la señora Rocío en memoria de Ana María. Fue un pequeño homenaje silencioso.//

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