Otro libro leído por obligación. Eran pocos los que le gustaban de verdad. Quizás le gustó Dickens. No quiso saber nada de Henry James. Peleó con Woolf y Joyce en silencio y en voz alta, y jamás tocó a Austen. Y a pesar de ver a todos sus compañeros de clases absolutamente compenetrados en la lectura y discusión de las grandes obras clásicas de la literatura inglesa, ella permanecía como un ente sin mucha opinión al respecto, insegura, cuyos pensamientos eran indignos de posarse en los oídos de personas que lo habían leído todo, lo habían escuchado todo, y casi lo sabían todo. Porque no sabían lo que ella descubría a diario: que el ejercicio de ser literato era una absoluta pérdida de tiempo muchas veces. Y esa tesis se acrecentaba en su cabeza como una bestia alienígena que cantaba una canción en tonos graves, más graves, más graves.
Aunque la vida es corta, se decía. Había que gastar más tiempo yendo a la cafetería a conversar acerca de la gente de la universidad. En qué se gastarían las millonadas de plata de sus familias. Pensar en que si alguien tiene cubiertas todas las necesidades, entonces se crea necesidades de a poco. Como la necesidad de ir a esquiar todos los inviernos a Farellones o el sitio que fuera que estuviera de moda. O comer sushi costoso, o ir a lugares costosos como la Sala Murano al carrete de fin de semana o beberse todos - absolutamente todos - los tragos caros de una. Cualquier cosa al final era buena.
Excepto aquel comentario.
- Vi al Simón el otro día. Se cambió a Agronomía. Le está yendo bien, onda buenas notas, y hasta se ve más mino que antes.
Ella piensa que ha sido un invierno terrible dentro de su cabeza como para que el fantasma aparezca de nuevo como siempre lo hace. O es la única estación que su mente conoce bien. Bebe de su café de nuevo, intenta mirar por la ventana; él está de pie apoyado en esa banca con su chaqueta de siempre, la negra que lo hace ver mayor pero anodino, y mira en esta dirección, esperando su respuesta. Es una mirada que inquiere, que pide cuentas sobre cada gesto y cada pensamiento. Ella retiene su respiración, suspira disimuladamente, mira a Susana con normalidad, le dice qué bien, me alegro que esté bien, voy a ir a sacar ahora unas fotocopias que se me olvidaron, nos vemos mañana.
Nos vemos mañana, nos vemos ayer, nos vemos en cualquier otro momento pasado.
Allí está Simón otra tarde más. Y así normalmente es esa rutina, y ella lo sabe bien: en algún momento aparece el fantasma y comienza a hacer el mismo recorrido que ella, quizás un metro más atrás, quizás se adelante un poco. En ese momento la ha acompañado a la fotocopiadora. Mientras ella saca el único billete que le queda de la semana, él la observa de cerca, cada movimiento. A ella le tiemblan las manos, se siente observada. El billete se le cae, un tipo la mira recogerlo rápidamente, se le cae la mochila de repente, y siente que todos la observan. Incluso él, por supuesto, si no ha despegado la vista de su cuerpo. Pide las fotocopias, espera un momento, paga, le dan el vuelto, y Simón observa toda la operación. Se guarda doscientos pesos, que flotan en su bolsillo vacío. Y en un segundo, un segundo de descuido, un segundo de desconcentración pasa cerca de Simón. Siente su olor. Lo siente, palpable, ese perfume que lo identificaba, de modo que tambalea de un lado para otro mientras se aleja del grupo de estudiantes esperando en la fotocopiadora. Turbada, solo mira hacia atrás unos segundos. Simón ya no está. Pero persiste en sus fosas nasales ese aroma. Y sigue ese aroma mientras se pierde en el mar de estudiantes que a esa hora es la estación de metro. Como anónima, mira desde arriba la ciudad mientras el tren viaja a gran velocidad, llenándose de diversos rostros cansados, los de todos los días, con sus propias preocupaciones, discusiones internas, y fantasmas. //
Cada vez pareciera que las cosas son más complejas para la protagonista. Algo pasó con el loquillo Simón, lo intuímos, pero no lo sabemos. Y todo se vuelve más interesante. Qué sucederá? A esperar un poco más.
ReplyDeleteMe gustó mucho mucho, pero como te dije antes, tiene un aire meláncolico irresistible. Me dió penita, pero disfruté mucho leyéndolo.
Te amo muchísimo!