Me lanzan a la tierra baldía
con un cuerpo roto y una piel
de a girones y venas corruptas.
Quién soy yo para componerme,
mujer descalza de ojos salados,
vientre abierto por el deseo espejo,
el ego mío de restos ajenos,
devorado a ciegas en los peores callejones,
en las camas de los peores amantes
imaginarios.
¿Qué pasa si lo hago?
No te obligaré a besar mi frente,
no, no.
He visto peores batallas librarse
entre reinos hermanos.
Sí, pensaba en lo fraterno,
en lo tibio de lo hermanable,
cuando todas las conversaciones
son entre hienas hambrientas.
¿Qué se hace con un corazón ahí?
Me lanzan a LA tierra baldía,
curiosamente resplandece en plagio
de un destino
de estrellas extintas.
Y trato de ponerme de pie
y me sobran siluetas,
¿qué es este cuerpo desdibujado
sobre su eje descartado?
Labios partidos de tantos besos,
labios sedientos de soledad,
LA soledad final,
LA compañía que el tiempo lleva
y en su mezquindad vomita
y omite parte
de lo requerido a ser
antena de amor del universo,
del universo al vientre,
de la cabeza al intestino,
de mis palabras a tus palmas
que en este momento
se acarician entre ellas.
¿No es un poco triste?
Claro.
Estamos un poco solos
en el confín
de un mundo en paralelo.
Nunca nos tocaremos otra vez,
tú y yo.
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