La encrucijada que nunca se devela
bajo los párpados.
Somos hambre de escombro,
nos escocen las ganas,
que no de hacer,
sino de placer
un segundo bajo las sombras
del vacío de paz
que nunca hallaremos
bajo la cadencia del sol.
La encrucijada que nunca se devela
sobre las palmas.
A la sorda sapiencia del mañana:
que me diga qué es esto
saliéndome de los huesos
a borbotones, como frases
desbocadas,
señas desleídas,
amores impropios.
Ay, que me diga pronto,
que se me acaban los tiempos,
los siglos son cada vez más cortos,
nuestras cimas más altas,
nuestros altares más desiertos.
La encrucijada prostíbula
jamás revelada.
La muerte es de brazos largos
cuando se desconoce
que no se sabe
que no se espera en realidad
la solitud:
es una conmigo,
nacemos en solitud y en solitud
parece que nos vengamos,
pero nunca en realidad nos movemos.
Nunca en realidad hablamos:
solo tiramos arcadas
a una eternidad nublada
y dormimos con un ojo abierto
a la noche cerrada,
minúscula e imprenta
de la ciudad.
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