La noche es
la estación del día más cruel. Las luces de la bola de cristal al medio de la
pista son la estrella enfermiza que vomita sus últimos destellos antes de
explotar en la inmensidad de un sueño que devora cada sensación a su paso y
magnifica cada intento de movimiento.
En la fiesta,
la seductora de soledades sale a contar baladas que se traducen en pasos de baile
tornasoles, cataclísmicos. Y al tronar de otra canción de Saturno, la chica de
las orquídeas danzará entre quienes las tormentas se les han subido a la cabeza
cortesía de Baco, el que, instalado al borde de la barra, brinda por las
noches, los días, las semanas, los meses y los años.
Y truenan
las canciones, truenan los compases grandilocuentes de la música electroclash. El neón desintegra a los bailarines
menos avezados, los que entre espasmos y dermis viscosa van a dar al río de la
ciudad que guarda los restos del pasado más oscuro pero más amado de la ciudad.
En aquel pasado yace el pueblo olvidado que alguna vez cantó la hazaña de un
gran superhéroe, que hoy se refugia en locales de baile de viejas villas de
campesinos, herreros, abadías pobres y floristas de anémonas carnívoras.
Pero esto es
una fiesta, una singular ceremonia en torno a la nada que circunda los cuadros
antiguos de santos en las catedrales altas de la ciudad. Y esa fiesta hipócrita
calmará a ratos los cielos y la olimpiada eterna de los muertos bajo la
alfombra.
El beat transforma a la chica de las orquídeas en la
perfecta Medusa, mientras la llegada lenta del alba inversa recorre a los
peregrinos con una especie de escalofrío de la médula que resulta fatal. Todos
huyen de Medusa, y ella danzará sola con la vista en las luces hasta hacerlas
fuego. Todos los hombres han huido a los montes y a las cavernas en ese
momento, como el viejo adagio guardado en las más altas sabidurías
mesopotámicas que reza así:
soldado que arranca sirve para otra batalla
y entonces
ya nada es lo mismo. La ciudad baldía dormita bajo una densa capa de fumarolas
radiactivas, glitter y rocío matinal. La chica de las orquídeas
seguirá bailando sola por un rato más, sus tacones marcados en el piso como la
escritura cuneiforme de un mensaje encriptado que describe la noche como la
estación del día más cruel para realizar una fiesta en donde básicamente no
pasa nada. O pasa todo. O todo confluye en la espiral misma de un caos que se
adivina en la punta de los cabellos esperando la fiesta de mañana.
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