Que me despierte la siega
el barrido de la última vida
sobre mi piel.
Exhausta de tiempo,
soplado el último de los intentos
que entraba en la última
de mis sonrisas.
De qué vale todo,
me he deshecho cada hueso
alimentando días mejores.
Queriendo dejar semillas
en los últimos ojos que suplicaban
curiosidad.
Y ahora nada,
el comienzo de los mil desiertos
traban mi lengua,
las últimas palabras del diccionario
de mi valentía.
Y ahora vienen,
la última vida,
la última visión de lágrimas tibias,
la última porción
de santidad interferida
por fealdades más grandes
que el suicida más burdo
que pudo inventar mi tristeza.
La bondad enrarecida
por mi sangre debatiéndose
sobre la tierra,
penetrando el inframundo,
y alegrándose con regresar
a casa.
Por fin a casa.
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