Saturday, September 26, 2015

Afterglow.

Cerca del fuego, la violencia inclemente se convierte en ternura desmedida. La piel se contrae en el más cálido deseo de ser exterminada, de ser reducida a gritos que dejen un eco en habitaciones vacías, para cuando lleguen otro amantes, se toquen a sí mismos, y el miedo más profundo se aloje dentro de sus huesos.

Finalmente, sexo es miedo. Es compartir el miedo en un par de movimientos. El fin del miedo, el orgasmo, es volver a recordar que somos un segundo. Luego volvemos a distraernos en el mundo de sensaciones y variaciones, hasta que tenemos hambre de nuevo, hasta que tenemos miedo de nuevo, y nos dirigimos ciegos otra vez a él.

En un sacrificio al círculo seguro de nuestra cotidianidad.

Cerca del fuego, la pupila se reduce a la más mínima expresión de recelo, pero vuelve a dilatarse cuando nos damos cuenta que hemos creado un pequeño monstruo, anhelante de la gloriosa cancelación de los límites del cielo e infierno. Con todo confundido, comenzamos a perdernos entre los pocos ángeles borrachos que vienen a ver el espectáculo de sí mismos extinguiéndose.

Mientras la danza en slow-motion se inicia entre los dos, cuatro, veinte, cientos de cuerpos instalados en una cama, se vierte en espacio de segundos, toda la fuerza guardada por años, los golpes de otros, los besos de otros, los insultos, el sufrimiento inflingido por otros, forzado en nuestra garganta. Se recrea. Sale. Es el sonido del descontrol.

Finalmente, sexo es miedo. Volver al miedo a tientas, especular moldearlo a nuestro antojo. Volver a perder el rumbo. Y, fuera de él, fantasear a cada instante con volver.

Necesitamos volver a probar del cáliz de la muerte denuevo, y de nuevo, y de nuevo.



 

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