Me guía una partitura.
Cargo el músculo vital
del impulso que tomará
mi último aliento.
Será como el comienzo del fin
de la obertura del cierre
del epílogo.
Adentrarse donde
una se va a perder,
entornar los ojos como las niñas.
Apagarse de a poco,
el útero supurando amor ahorrado.
Dejar ir,
dejar ser,
dejar entrar.
Y comienza la sinfonía
del cuentatrás.
Siempre dolor intenso
derramándose en las sábanas.
Los dientes castañean,
la belleza de lo sublime,
lo sublime de la belleza
es verla danzar
en el borde de la muerte.
El amor pulsa,
el amor punza.
Dejar ver,
dejar la grieta
reinar.
Hasta que el último aliento
quede engrapado al alma
del último hombre.
Vivirá para contarlo.
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