Las luces se despedazan a sí mismas,
derrochan sangre negra.
Dejándose ir, cada persona
se saca el rostro en señal
de eterna sumisión.
Es un buen día para que los planetas
se alineen, dicen
por televisión y radio.
Pero es entonces cuando se desata
la guerra interplanetaria.
Algunos comienzan a sacarse los ojos.
Cualquier contacto físico
es una amenaza a la órbita personal.
La constante repetitición
de las sirenas
hace que se extigan los últimos insectos.
Las últimas luciérnagas de las carreteras
van a morir a los antiguos portales
donde la gente solía rezar.
Solíamos amar donde
la extrañeza nacía,
solíamos batallar
entregando la propia sangre.
Otros sangran hoy.
Algunos prefieren que su sangre
se les estanque en el pecho
antes de regar los campos
para resucitar ancestros.
Las luces se despedazan a sí mismas,
pero nadie vio nada,
todo les rebota por la piel.
La sangre negra escurre por los últimos pueblos,
inundando las últimas iglesias en pie.
Los últimos verán grandes cosas.
Los últimos verán la última luz
congelarse y perderse
en el vacío.
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